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Lo esencial y lo superfluo

Lo esencial y lo superfluo

Antonio Sánchez González

   |  19 febrero, 2021

Antonio Sánchez González.

Salir de casa ya no es un acto natural y también se ha vuelto difícil compartir el tiempo con los demás: por lo tanto, es imperativo alimentarse de todo lo que tiene sentido en la vida, lo esencial y lo superfluo. Pero ¿quién define lo superfluo y quien a lo esencial?

¿Son esenciales la Coca-Cola y el caviar? Sin duda, seguramente, ya que pueden seguir vendiéndose. Mientras que los libros son superfluos, seguramente, ya que se ha ordenado que las librerías cerraran en algún momento de la epidemia. Pero podemos ordenarlos, con un “clic-and-pick“, me dicen (en este “español” contemporáneo que sacrifica al castellano, probablemente superfluo también) cuando la recogida de un libro en la librería -ahora lo sabemos- sería igual de segura: lo contrario es olvidar el placer de oler libros, hojearlos viendo de reojo al dependiente, sorprenderse por un título, sentir el deseo de leer. ¿Qué es esencial? ¿Comprar el libro o elegirlo?

Sobre todo, ¿cómo podemos pensar que es superflua esa lectura que informa sobre los mil elementos que componen el mundo, que abre los caminos del conocimiento, que nos da pausa para el pensamiento, que comparte sentimientos, que nos permite el regocijo, soñar con un mundo exterior y reactivar la memoria cuando estamos encerrados en casa? ¿cómo podemos admitir que este alimento sería menos esencial que la pasta, la harina, el azúcar, las papas fritas, el caviar y el refresco de limón? ¿Significaría esto que los seres humanos somos sólo de tripas cuyas funciones fisiológicas simplemente se activan como parte de un ejército de robots destinados al trabajo a destajo, sin oportunidad de activar sus mentes?

Y así, ¿por qué los teatros y cines, museos y salas de conciertos están cerrados cuando se abren las ferreterías?

¿Qué es esencial para un país? ¿Sus autores o su PIB? ¿Y su teatro, su música, sus calles, sus universidades? ¿Sus hospitales? ¿Qué da forma al espíritu mexicano? ¿Villoro o Bimbo? ¿Paz o Liverpool? ¿González-Iñárritu o Interjet? ¿Arturo Márquez o Sabritas? ¿La conservación del poder o la salud de sus ciudadanos? ¿Ir a votar o ir a la escuela? Aunque algunos, es su derecho, prefieran elegir -solamente- la protección de la salud, ¿no vale la pena que todos pensemos si es correcto el mecanismo de asignación de lo superfluo? Para escribir, ¿no es esencial todo lo que nos distingue de la animalidad? ¿O, para razonar los pasos del método científico, tan urgente en estos días, solamente se necesita poder comer y cagar?

Tal vez si todo estuviera cerrado, en confinamiento absoluto para luchar contra la epidemia, este gesto violento sería mejor aceptado porque entonces correspondería al estado de “guerra” que nos han descrito hasta el cansancio, aunque, recordemos que incluso durante la Segunda Guerra Mundial los teatros, los cines y las librerías permanecieron abiertos, sujetas sus actividades al sentido común y de supervivencia de la gente. Hoy, tan pronto como se van obsequiando las exenciones, tan pronto como lo esencial de algunos es lo superfluo de otros, tan pronto como lo que nos hace humanos ya no se entiende, este mercado negro del rigor de la salud sólo puede despertar al malentendido y generar el rechazo.

Recuerdo ahora un libro -de papel- que hojeé en mi clase de Historia en preparatoria, Hojas de Hipnos, escrito por René Char, un poeta integrante de la Resistencia Francesa, en 1943, en el momento más oscuro de la humanidad:

En nuestra oscuridad, no hay lugar para la belleza.

Todo lugar es para la belleza.

Deberían leer aquellos que piensan que la belleza no es esencial. Para que eso suceda debemos revisar lo que es superfluo y lo esencial. Sobre todo, ahora que el mundo nunca volverá a ser igual. No tengamos miedo.

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