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Libertades

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Opinión.

Todavía no hemos visto hasta qué punto la pandemia pondrá a prueba a nuestra sociedad. La crisis ha fortalecido a los países fuertes y debilitó a los débiles. México está en el segundo caso.

La falta de ayuda masiva del Estado para la planta productiva anestesió la economía y previsiblemente dejará una deuda colosal respecto del PIB que eventualmente significará un problema.

Los países que salgan rápidamente de la crisis también serán los que cosechen beneficios económicos y los aprovechen para mejorar su posición internacional. Los que, por el contrario, se atascaron en los pantanos de los confinamientos repetidos o prolongados saldrán de ella agotados, más dependientes que nunca de otros estados.

No nos equivoquemos: lo que está en juego es, fundamentalmente, la sostenibilidad de nuestro modelo de sociedad.

Para poner fin a la pandemia en nuestro suelo, solo hay una solución: casi toda la población debe estar vacunada o haber sido infectada con el virus.

Por lo tanto, la desaceleración de la tasa de vacunación es muy preocupante, ya que es probable que la tasa de inmunización alcance un nivel que retrase la protección de toda la sociedad.

Para evitarlo, nuestros líderes políticos deben considerar la posibilidad de la vacunación obligatoria, aunque muchos de nuestros conciudadanos se opongan a ella.

La salud pública es un área donde que los economistas llaman “externalidades” y tiene manifestaciones centrales. La acción de un individuo tiene efectos indirectos en todos los demás. La salud desatendida no es sólo una elección individual.

Este es un problema para el resto de la sociedad, ya que puede motivar la propagación de enfermedades graves que son colectivamente catastróficas; por ejemplo, debido a que hemos vacunado lo suficiente contra la poliomielitis, esta horrible afección desapareció de nuestras latitudes.

¿Sería la medida una negación de nuestra libertad, como algunos argumentan? No olvidemos que ya estamos cumpliendo con muchas obligaciones infinitamente más exigentes: este fue el caso del confinamiento, que nos privó de la libertad de ir y venir, también es el de los límites de velocidad o incluso la obligación de llevar puesto el cinturón de seguridad.

¿Por qué esta obligación se percibiría como más intrusiva de las libertades que las que ya hemos soportado durante mucho tiempo sin hacer aspavientos? El contrato social se basa en la idea de que todos debemos abdicar parte de nuestra libertad para disfrutar de una sociedad libre.

Nos guste o no, mi salud determina la salud de los demás. Mi libertad es no dañar a los demás. Si los profesores tienen la obligación de vacunarse antes de poder ir a la escuela, no es solo para protegerlos, también es para proteger a sus estudiantes.

Es hora de que los mexicanos seamos coherentes. No podemos hablar constantemente de solidaridad, de la necesidad de tener en cuenta el interés general en nuestras decisiones, no podemos jactarnos en voz alta de la alegría del altruismo y elegir el egoísmo cuando está en juego nuestro bienestar colectivo.

En otros momentos, a los ciudadanos del mundo se les ha pedido entregar su vida para beneficio de la sociedad. ¿Es este un sacrificio tan grande?

Hoy, después del esfuerzo de permanecer en nuestro sofá viendo videos, estamos obligados a hacer un sacrificio supremo: soportar dos piquetes gratuitos. Si los 200 millones de muertos de la Peste y los 100 millones de la gripe española hubieran tenido los medios para detener su mortandad, seguramente habrían buscado la aguja con impaciencia.

Somos hijos mimados de la modernidad, ablandados por comodidades, caprichosos y exigentes consumidores de nuestra vida. Una sociedad de cobardes que tiene miedo de la idea misma del riesgo.

Algunos antivacunas, y esto es lo más grave, tienen temores reales sobre el efecto de la vacuna. Se han visto contaminados por todas estas ideas que infectan las redes sociales: que, si las grandes empresas quieren tanto nuestra muerte como enriquecerse cuidándonos, la ciencia finge saber, el Covid es una creación mediática, entre otras.

Son el verdadero virus que hay que temer: un virus informativo que hace a las personas susceptibles sistematizar la sospecha y adoptar las creencias más delirantes, desafiando los hechos.

Aquí estamos tocando el corazón de esta crisis de progreso que nos está socavando: hemos perdido la conciencia de lo afortunados que somos de vivir hoy y de los fabulosos avances que la ciencia ha hecho posible en tantos ámbitos.

Para la comunidad, la decisión de los antivacunas es doblemente costosa: primero tendremos que cuidar a estos renuentes una vez que enfermen, luego nos impiden devolver al país y al mundo la libertad de la que se nutre nuestra prosperidad.

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