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La pobreza como enfermedad

La pobreza como enfermedad

Antonio Sánchez González

   |  8 noviembre, 2019

La pobreza como enfermedad

La pobreza se ha vuelto un acompañante familiar en la sala de exploración de muchos médicos. Desde mi actual práctica privada hasta el hospital universitario potosino, donde me entrené y empecé a trabajar, la pobreza se ha filtrado a través de muchas de mis interacciones con los enfermos y sus familiares.

Pregunto por la calidad del sueño de mi paciente y me entero de sus arreglos para dormir. Madre, padre, hijo mayor y bebé nuevo viven en un dormitorio prestado, en una casa de las orillas, preocupados de que les pedirá que se vayan si el bebé llora demasiado.

Todos los médicos hemos conocido a algún niño con sobrepeso que ama los deportes, cuando su madre explica que el muchachito no puede ir a jugar porque la familia necesita dinero. Todos hemos sabido de una madre que debe volver al trabajo demasiado pronto, dejando a su bebé con la cuidadora más barata que pueda encontrar.

¿Tiene donde vivir? ¿Tiene para la comida? ¿Tiene que comprar bebidas embotelladas y pastelitos azucarados porque es lo que más llena? ¿Puede surtir la receta? Criar niños en pobreza significa que todo es complicado. Tener ancianos enfermos es igual. ¿Y que tengas que dejar de trabajar porque enfermaste y ya no puedes más?

Y es aún más cruel ahora, cuando la movilidad social ha disminuido y los niños que nacen pobres son más propensos a seguir siendo pobres el resto de la vida.

Cada vez más, en las reuniones de sociedades médicas de todas las especialidades se hacen llamados para que los médicos abordemos la pobreza como un problema de salud, en especial la pobreza infantil y la de las familias con niños, en lugar de luchar con sus consecuencias caso por caso en la consulta de cada médico.

La pobreza daña las habilidades de los niños y les fastidia el cerebro. Los médicos conocemos artículos con información científica acerca del déficit del lenguaje que sucede en los hijos de los hogares más pobres y sus profundas brechas en el rendimiento escolar. Esto nos recuerda que es más que probable que la pobreza defina las trayectorias de vida de muchos niños en los términos más duros: bajos logros académicos, altas tasas de deserción escolar y problemas de salud, desde la obesidad y la diabetes hasta enfermedades cardíacas, abuso de sustancias y enfermedades mentales.

Recientemente, se ha aclarado la idea del llamado “estrés tóxico”, en el que el cuerpo y el cerebro de un niño pequeño pueden ser dañados permanentemente por demasiada exposición a las llamadas hormonas del estrés, como el cortisol. Cuando este nivel de estrés se experimenta a edad temprana y sin suficiente protección, se dañan los sistemas neurológicos y hormonales, afectando permanentemente el cerebro y los genes de esos niños.

El estrés tóxico es la mano dura de la miseria temprana, procede de la pobreza y de sus factores relacionados, como el alcohol y el abuso de drogas, generando patrones de decepción y privación que dan forma a vidas de limitaciones.

En estos tiempos de pretendido cambio, nuestros políticos se han olvidado de la salud de los pobres, en especial de la salud de los niños pobres, y de considerar a la miseria como una grave amenaza subyacente para la salud, en especial la infantil, ante la evidencia de la importancia de los primeros años de vida y las maneras en que la privación, el abuso y el estrés pueden reducir las posibilidades de educación y el éxito de sus vidas.

Pensemos por un momento en la pobreza como una enfermedad, frustrando el crecimiento y el desarrollo, robando posibilidades. En la sala de exploración de los médicos es posible intentar mitigar el dolor y el sufrimiento que son sus síntomas perniciosos. Pero el bienestar de nuestros pacientes depende más de las medidas de salud pública y la prevención.

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