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27 de septiembre

27 de septiembre

La llamamos dichosa

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Sigifredo Noriega Barceló.
Nunca será suficiente lo que digamos de María de Nazaret. Por eso es justo y necesario dejar que Dios nos diga lo que Él hizo en ella al elegirla para la misión entrañable de ser la madre de su Hijo en su ‘habitar’ entre nosotros. Ella misma lo ha proclamado: “El que todo lo puede ha hecho en mí grandes cosas…” “Me llamarán dichosa todas las generaciones…”
Los seres humanos, cuando reconocemos que alguien ha hecho grandes aportaciones al pueblo, al país, a la humanidad… le llamamos inmortal y lo expresamos a través de monumentos, mausoleos, estatuas, nombres en oro y muchas formas más. En María de Nazaret es Dios mismo quien le ha inspirado, en casa de Isabel, la forma de alabar agradeciendo “al que todo lo puede”. Su cántico es un memorial de agradecimiento por el paso misericordioso de Dios en medio de su pueblo. También tiene presente a quienes creerán en su Hijo al entonar, bien afinada, “me llamarán dichosa todas las generaciones”.
La Iglesia lo ha hecho desde mediados del siglo V, en Jerusalén, al celebrar la fiesta de la Santísima Virgen María el día 15 de agosto, en la Basílica de la Dormición. En el siglo VIII Occidente comenzará a llamarla la Gloriosa Asunción. Mil doscientos años más tarde, el Papa Pío XII dará a la fiesta el mayor esplendor por la definición dogmática; era el 1 de noviembre de 1950. Hoy la celebramos en día domingo, en circunstancias muy variadas.
Bajo el título de la Asunción contemplamos las maravillas que obró Dios al hacer que la Inmaculada Madre de Dios “al final de su vida terrestre, fuera elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo”, como definió el Papa Pío XII. No sólo es una gracia para ella sino para el mundo entero y para quienes la llamamos dichosa en la generación actual. En su Asunción inicia la asunción de la humanidad a Dios. La mujer, cuya “figura portentosa aparecida en el cielo” vio Juan, es a la vez María y la Iglesia: “figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada”. María “es consuelo y esperanza del pueblo, todavía peregrino en la tierra”, canta la liturgia de este día.
Al contemplar a María que “triunfa con Cristo para siempre”, pedimos a Dios por su intercesión la gracia de participar con ella de su misma gloria en el cielo. Sabemos que, al igual que María, llevamos en nuestros cuerpos, que son templos del Espíritu Santo, el germen de la eternidad.
El Domingo pasado hemos celebrado esta solemnidad y se acreciente nuestro deseo de eternidad sin olvidar que al cielo se va vía tierra.
No me quedo con las ganas de compartir estas palabras de Fray Luis de León: “Al cielo vais, Señora; allá os reciben con alegre canto. ¡Oh quién pudiese agora asirse a vuestro manto, para subir con vos al cielo!

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