

Julieta del Río.
En distintos puntos del país se ha documentado una modalidad delictiva en la que personas revisan los desechos domésticos en busca de sobres y cajas con etiquetas intactas.
Julieta del Río
Hoy estamos inmersos en las compras en línea. Recibir un paquete en casa se ha vuelto parte de la rutina cotidiana. Abrimos la caja, sacamos el producto y, casi sin pensarlo, tiramos el sobre o el cartón a la basura. Lo que pocas personas advierten es que, junto con el empaque, también estamos desechando nuestros datos personales.
Cada paquete que llega a nuestro domicilio contiene una etiqueta de envío. En ella suele aparecer el nombre del remitente y el nuestro, la dirección completa y, en muchos casos, hasta el número telefónico. Es información suficiente para reconstruir hábitos de consumo, ubicar domicilios y perfilar patrones personales. Datos que, en manos equivocadas, pueden convertirse en una puerta abierta a distintos delitos.
Esta práctica se ha vuelto especialmente riesgosa porque los ciberdelincuentes han encontrado en la basura una fuente directa y accesible de información personal. En distintos puntos del país se ha documentado una modalidad delictiva en la que personas revisan los desechos domésticos en busca de sobres y cajas con etiquetas intactas. La propia Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana ha advertido sobre esta conducta, señalando que los datos obtenidos son utilizados para la suplantación de identidad y fraudes.
A partir de esa información, los delincuentes realizan llamadas o envían mensajes en los que aparentan ser la empresa de mensajería o la plataforma de comercio electrónico. El guión suele repetirse: “Su paquete tuvo un problema en la entrega”, “Necesitamos confirmar unos datos”, “Debe dar clic en esta liga para liberar su envío”. Basta con abrir el enlace o descargar un archivo para que, en cuestión de minutos, se tenga acceso a cuentas personales y comience la extorsión, el fraude o el robo de identidad.
Lo más preocupante es que, en muchos casos, no se trata de una base de datos filtrada ni de un ataque sofisticado. Es un descuido cotidiano. La información se obtiene de nuestra propia basura. La etiqueta que no destruimos se convierte en el primer eslabón de una cadena de engaños cada vez más creíbles.
En un contexto donde el uso de datos personales es cada vez más sensible y donde se discuten registros, padrones y medidas de identificación, la seguridad también empieza en casa. Acciones simples, como retirar y destruir por completo la etiqueta antes de tirar una caja o un sobre, pueden marcar la diferencia entre una compra exitosa y una llamada de extorsión días después.
Las plataformas digitales y las empresas de mensajería tienen obligaciones legales para proteger la información, pero el último eslabón de la cadena somos los usuarios. La protección de los datos personales no termina cuando el paquete llega a la puerta del hogar. En tiempos donde la delincuencia se adapta con rapidez, revisar lo que tiramos no es exagerado: hoy es una medida básica de autoprotección. El problema no es comprar en línea, sino lo que dejamos expuesto en la basura.
@Julietdelrio