

Vivimos siempre tiempos imperfectos, especialmente por la interpretación que de ellos se hará mañana.
Malas noticias: por naturaleza humana, estamos a merced de ser odiados o envidiados. Podemos ser difamados o sacudidos por manotazos ―o incluso tendidas de pata― de varias personas. Esto especialmente de quien pueda sentirse rebasado por nosotros (aunque sea falso que lo rebasemos o pensemos hacerlo; aunque ni lo consideremos o “pelemos” en la vida). No faltará, incluso, esa persona a la que le irriten tanto nuestro avance como que nunca logró manipularnos.
La historia que vivimos no terminará escrita como nace ahora. Cual verde mastique recién colocado, que al exponerse al aire comienza a endurecer, ella será presa de intervenciones finales. La interpretación de los hechos actuales se dará, más bien, según los criterios de los tiempos en que éstos sean juzgados; no necesariamente en esta época en la que ellos suceden.
Vivimos siempre tiempos imperfectos, especialmente por la interpretación que de ellos se hará mañana. Ni los que en el futuro serán cantados como grandes logros lo son del todo; ni los considerados magnos oprobios y fuertes iniquidades están para lamentarse tanto.
En efecto, ni las personas que ahora son vistas como las más grandes villanas albergaron un pozo rotundamente lleno de maldad; ni las más celebradas por su ejemplar heroísmo actuaron en todo momento con pureza incuestionable.
Los humanos exaltamos o condenamos según nuestras filias y fobias. Por esto se comprende incluso la permanente envidia de los contemporáneos a los grandes exponentes de su época.
Gracias al culto Antonio Alatorre, puede uno enterarse, por ejemplo, cómo el magistral Lope de Vega detestaba a Miguel de Cervantes al grado de escribirle un soneto para humillarlo junto con su novela “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”.
Según cita Alatorre, el soneto culmina así: “…y ese tu Don Quijote baladí / de culo en culo por el mundo va / vendiendo especias y azafrán romí / y al fin en muladares parará.”.
Más malas noticias: también nosotros estamos a merced ―por naturaleza― de impulsos por quitarnos a manotazos o metidas de pata a quien nos cae mal, en algún momento nos hizo sentir incómodos o de plano sentimos que nos rebasa. Aunque no nos rebase. Hablo de la grilla, pantano que subyace en el coctel de la política o eso que damos por llamar política.
Quien envidia no sólo ataca al sentirse herido ante las conquistas de otro: puede también emprender esquivas campañas para deformar, desvirtuar la definición de esos logros.
Me lo decía bastante bien un amigo, hace unos días: “Debido a la influencia de quien fuera mi profesor, Fulano de Tal, yo juzgaba mal a Mengano aun sin conocerlo. Era porque lo veía a través de los ojos de ese profesor Fulano”.
El envidioso y la envidiosa sufren. Con cuánto placer leí hace muchos años uno de los pasajes más memorables de la novela “Abel Sánchez”, escrita por el español Miguel de Unamuno. El protagonista de la historia, Joaquín Monegro, llega al confesionario a contar al cura cómo odia desde la niñez a su mejor amigo. El sacerdote impone una penitencia y entonces Joaquín reclama, palabras más, palabras menos: “¿Por qué debo yo irme con un castigo, cuando es Abel quien me provoca este malestar que usted llama envidia?”.
El lector puede comprender entonces el planteamiento del envidioso: ¿No es bastante suplicio, de por sí, envidiar a un tipo que ni cuenta se da del coraje que despierta?
La envidia por el éxito ajeno ha sido, es y será algo omnipresente en cualquier generación. Es algo incluso tolerable, perdonable. Ya vimos cómo un genio de la poesía como Lope de Vega no escapaba a ella. Nos falta una consciencia de grupo, el reconocimiento de que somos un eslabón más en la cadena evolutiva, y entiéndase por esto evolución no sólo física, sino también de conocimientos, aptitudes, destrezas e incluso actitudes.
No pido una solidaridad extrema: carezco de la calidad moral para hacerlo; además no soy tan ingenuo. Es pertinente, eso sí, mantenerse despierto entre quienes parecen dormir. La envidia por el éxito ajeno puede detener o distraer nuestro recorrido hacia las plenitudes que podemos alcanzar. Eso sí sería imperdonable.