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Infortunio minero

Infortunio minero

Huberto Meléndez Martínez

   |  22 octubre, 2019

Huberto Meléndez Martínez.

A don Felipe Moreno, Julio Moreno (+) y “El amigo” Coronado (+).

Venía corriendo cuesta arriba, como a las tres de la tarde. Su trotar denotaba fatiga, con el sombrero en una mano, la camisa raída y empapada en sudor, el semblante con una mueca de evidente susto o pánico. Preguntó por el patrón.

Curiosos los mineros se pusieron de pie para recibirlo en la boca de uno de los socavones principales de aquel cerro.

Quien llegaba al campamento era un joven de unos 16 años, el cual provenía de otra excavación a cuatro kilómetros en la Sierra de Carneros, al sur del estado de Coahuila;

Don Juan se acercó apremiado, con el presentimiento que provoca una impresión fuerte, sintiendo el corazón querer salirse por la garganta: “¿Qué sucede, amigo?, ¿cómo están los trabajadores?”.

Entre jadeos, sobresalto, desconsuelo y palabras entrecortadas, el muchacho informó sobre el derrumbe de un barranco en la mina de San Carlos, quedando atrapados varios compañeros.

La noticia puso a todos a correr atendiendo las instrucciones precisas del jefe: recoger palas y picos, llevar equipo, medicinas y alimentos. Pidió conservar la calma y atender con prontitud. Se escuchó el tropel de la cuadrilla por la brecha húmeda de la montaña (pues hacía casi una semana que llovía). En el camino fueron enterándose de más detalles sobre el accidente.

La estructura geológica estaba constituida por roca quebradiza, lo cual obligaba a los trabajadores a cavar cuevas muy estrechas para evitar deslizamientos de las capas de fosforita y caliza, a veces tenían que apuntalar los techos con madera.

Transportar el mineral era difícil porque lo hacían casi a gatas, cargándolo en la espalda y, eventualmente caminar con la carretilla en posición encorvada hasta depositar las rocas en el terrero.

El jovenzuelo estaba cerca de la boca de la mina y fue lanzado con fuerza hacia el patio, impulsado por el aire.

Don Felipe Moreno, un cincuentenario, inexplicablemente quedó enterrado del pecho hacia abajo. Señalaba abatido el sitio donde suponía quedó un camarada, quien estaba trabajando muy próximo a él. Al sacarlo tenía lastimada la pierna derecha, en pie y tobillo había arañazos quizá provocados por su compañero, al querer sujetarse de algo en la desesperación por salir.

Mientras seguían con las labores de rescate, Candelario y dos chavales, a falta de parihuela, colocaron al herido en una carretilla para llevarlo a recibir atención médica en el campamento de Potrerillos. En las pendientes tuvieron que afanarse en conjunto. Uno manejando, otro intentando frenar por enfrente y el tercero jalando hacia atrás con una cuerda.

Julio Moreno y El amigo Coronado fallecieron bajo toneladas de tierra y piedra.

El inventario final fue impactante. Dos familias de Estación Catorce, San Luis Potosí, quedaron de luto, los patrones en la quiebra, los obreros sin trabajo y los adolescentes de aquel grupo con el impacto emocional perenne sobre los riesgos del oficio, el sentido de solidaridad laboral y la percepción contundente sobre la fragilidad de la vida.

*Director de Educación Básica Federalizada
huberto311@hotmail.com

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