|  

Edición
Impresa

27 de octubre

27 de octubre

Inflación

Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email
Antonio Sánchez González.

En octubre de 2020, Christine Lagarde aseguró en entrevista con el diario francés Le Monde que la zona euro no estaba en deflación y escaparía de la espiral de caída de precios que Japón había experimentado en la década de 1990. 5 meses después, la presidenta del Banco Central Europeo cambió de tono: la inflación probablemente superaría su objetivo oficial del 2%, pero argumentó que el fenómeno se debió a “razones técnicas y temporales”. Si bien el índice de precios en la zona euro subió un 3% en agosto, el fenómeno siguió siendo “temporal”, aseguró en septiembre, pero ahora duraría hasta 2022: “Esperamos que (la inflación) continúe aumentando este otoño y luego disminuya el próximo año”, dijo.

En menos de un año, la inflación, esta bella durmiente de la que no se había hablado durante tanto tiempo, ha vuelto al corazón de las conversaciones de los economistas. En la eurozona, con 3%, es la más alta desde 2011; en Alemania, con un 3.4%, la mayor desde 2008; en Estados Unidos, con 5.4%, un récord desde la crisis financiera. En Francia, es del 2.4%; en México la inflación no subyacente es superior al 8% a tasa anualizada, según el Banco de México, la cifra más alta en una década.

¿Está reapareciendo la inflación en el mundo occidental? Después de dos décadas en las que el tema parecía haber desaparecido de todas las conversaciones, la respuesta a esta pregunta es de fundamental importancia. De ello dependen la política salarial, el poder adquisitivo y la gestión de la deuda pública. Hoy, todos los bancos centrales y la gran mayoría de los economistas creen que el riesgo de un deslizamiento persistente de los precios es bajo, especialmente en la zona del euro.

Pero en Estados Unidos, donde el aumento inflacionario comenzó antes, algunas opiniones influyentes están alarmadas. Larry Summers, el ex secretario del Tesoro de Estados Unidos, es el más elocuente de todos. Este hombre, que nunca ha sido “halcón” antiinflacionario, cree que el mercado laboral de Estados Unidos es muy ajustado, que el estímulo fiscal del presidente Biden excede las necesidades de la economía y que la mayoría de los observadores se han vuelto complacientes ante el peligro de aumentos de precios.

Para tratar de ver con más claridad, debemos ensuciarnos las manos con las estadísticas. Tanto en la zona euro como en Estados Unidos, las cifras de inflación, calculadas a lo largo de doce meses, están sesgadas en comparación con el año pasado. En ese momento, en medio de una pandemia, la deflación era amenazante. Mecánicamente, esto da la impresión de un fuerte aumento de los precios un año después, que desaparecerá gradualmente.

Además, el aumento del 15% de los precios de la energía en la zona del euro explica una gran parte de la tendencia actual. Excluyendo la energía y los alimentos, lo que los economistas llaman inflación subyacente, los aumentos de precios son solo del 1.6% en la zona del euro.

Todas estas son buenas razones para pensar que el fenómeno es transitorio. Sin embargo, la cuestión no está resuelta en cuanto al impacto de la pandemia. Entre las fábricas, interrumpidas por sucesivos cierres y aperturas, y la demanda, que ha sufrido violentos choques con el proceso de contención y desconfinamiento, las cadenas de suministro globales se ven gravemente afectadas. Escasean microprocesadores, madera, cemento, bicicletas, herramientas… Los precios al productor se están sobrecalentando: 12.1% en la zona euro en julio (interanual). ¿Cuánto tiempo aguantarán las empresas sus bajos márgenes antes de repercutir este aumento de precios a los consumidores? La respuesta probablemente dependerá de la duración del fenómeno: si las cadenas de suministro vuelven a ordenar en unos pocos meses, el problema será limitado. Pero para los chips electrónicos, los fabricantes del sector están hablando de cuellos de botella hasta mediados de 2022, al menos.

Desde 2001, y la entrada de China en la Organización Mundial del Comercio, el mundo occidental depende en gran medida de las fábricas chinas. La pandemia ha puesto de manifiesto esta excesiva dependencia. La nueva “guerra fría” entre Washington y Pekín también empuja a evitar producir todo en el Lejano Oriente. La globalización está lejos de terminar, pero su ritmo se está desacelerando. Mientras tanto, los salarios chinos están comenzando a aumentar y su población está envejeciendo, reduciendo gradualmente el enorme grupo de manos mal pagadas.

Frente a estos factores de mediano plazo, persisten otras presiones deflacionarias. El mercado laboral se ha liberalizado, reduciendo el poder de negociación de los empleados. Por el momento, no hay aumento salarial en el mundo occidental, excepto en México, con la excepción de unos pocos sectores limitados. Pero por primera vez en mucho tiempo, la cuestión de la inflación merece ser planteada.

Don`t copy text!