

Todos ellos constituyen ejemplos que nosotros como zacatecanos debemos replicar.
Abundan ejemplos de grandes zacatecanos. Uno de ellos es el genio asceta Francisco Goitia, el de la comunidad fresnillense Patillos, quien no sólo pintó, sino también supo vivir la pintura al grado de revolucionarla.
Otro de ellos es el metódico sombreretense Joaquín Amaro, quien reformó la educación militar mexicana y la enriqueció con actividades deportivas y culturales.
La magistral pinense Amparo Dávila supo destacar en el masculino medio literario del siglo pasado, desafiando las leyes no escritas de la actividad cultural de la capital del país.
Eulalia Guzmán, nacida en San Pedro Piedra Gorda, es caso singular en el mosaico de zacatecanos ejemplares. Es la arqueóloga mexicana más reconocida hasta el momento. Su búsqueda de los restos de Cuauhtémoc la distinguió tanto que, aun envuelta en polémicas posteriores sobre la autenticidad o no de los restos encontrados, ella ocupa un lugar único en la historia nacional.
Para mi criterio, me parece muy machista que su lugar de nacimiento terminó siendo nombrado Ciudad Cuauhtémoc en lugar de Ciudad Eulalia Guzmán. Cosas que hay que ver en este país.
Pascual Antonio Aguilar Barraza trascendió de mero egresado de canto clásico a emprendedor, guionista y productor cinematográfico, detonando esa industria en municipios zacatecanos a los que utilizaba como locaciones. Además, ideó un espectáculo familiar ecuestre que proyectó en muchos países la identidad mexicana.
Muchos conocimos al gran celoso y firme Federico Sescosse, quien en el corazón de esta ciudad barroca nunca vaciló en enfrentarse a sacerdotes soberbios o empresarios caprichosos, con tal de preservar la belleza arquitectónica de esta ciudad capital.
Tomás Mojarro y Veremundo Carrillo son otros grandes maestros de las letras, al igual que Roberto Cabral del Hoyo. De los tres, sólo Veremundo está aún entre nosotros, y se le desea siempre larga vida.
Incluyo en esta relación a don Isauro Félix Berumen, nacido en Tepetongo. Fue formador de generaciones, gran músico y latinista, amante y difusor de la cultura clásica. Sus hijos Carlos, Esteban, Luis y Tarsicio han sido también grandes maestros zacatecanos.
Todos ellos constituyen ejemplos que nosotros como zacatecanos debemos replicar.
Si, criticando a los afanes monárquicos en los actuales gobiernos, hemos esgrimido que una sola persona no puede cambiar el entorno, coincidamos también en que los resultados de los gobiernos son los de los equipos que lo conforman, y que los valores de la sociedad son las prácticas reafirmadas en las familias de esa sociedad.
En el ámbito político, el reto ahora de morenistas, panistas, priistas, perredistas, verdes, emecistas y demás militantes y no militantes zacatecanos es forjar una mejor nación, donde se promueva el Estado de Derecho; donde la equidad, la justicia, la inclusión y el respeto sean las bases para una mejor convivencia en la nación.
En un ámbito más global, nuestro papel es el de constructores y garantes de esta democracia. Nuestro reto es dedicar notablemente pasión, energía, inteligencia, talento, capacidad para el trabajo en equipo y para trabajo bajo presión.
A las y los zacatecanos deben distinguirnos solidaridad y un alma común que sepa comulgar con los grandes cambios que necesita este país.
En efecto, buscamos grandes cambios que están formados por los cambios cotidianos, esforzados, que buscan el modo mejor en que podemos enaltecer al entorno en que se desarrollan nuestras familias.
Todos los habitantes de esta entidad federativa debemos asumir que tampoco hoy Zacatecas puede quedar a la zaga de los grandes cambios nacionales. Ése es el mejor reto. Ahí está el mejor papel que podemos desempeñar. De nosotros depende.