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17 de octubre

17 de octubre
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Huberto Meléndez Martínez.

Al árbol genealógico de la familia Pinedo, de Monte Escobedo, Zacatecas.

Podía advertirse cierto apresuramiento en terminar de hacer el trabajo escolar y apuntar la tarea, deseando que el maestro les dejara salir antes de la hora, lo cual no ocurría, pero los niños conseguían echar carreras a la hora de la salida, para ser de los primeros en llegar al frente de la panadería del Barrio del Traste y ganar turno como repartidores de pan.

Se armaba gran alboroto porque mientras esperaban, comentaban las diversas cuestiones que un escolar tiene a esa edad: los temas de las materias, los regaños del profe, las calificaciones, los juegos (el tiempo nunca rendía antes y después de las clases).

Provistos con su respectivo tacachal (dona o rodete elaborado con un trozo de tela de algodón de un costal de la harina en desuso) colocado sobre la cabeza para dar equilibrio al cargar el cesto del pan, caminaban varias cuadras sin descansar, hasta llegar al establecimiento donde se había hecho el pedido de conchas, bolillos, bísquet, gardenias, cortados, ranchero, granadas, chamucos, polvorones, tostaditas y más.

Se necesita ser niño para percibir el rico olor desde cientos de metros de distancia y la alegría de recibir 200 (viejos pesos) por viaje, con los que podía adquirirse una bolsa de frituras al siguiente día, en la hora del recreo.

Los más grandes, que tenían fuerza y experiencia podían animarse a tomar camino cuesta arriba y llevar el canasto hasta el barrio de La Loma, a la tienda “La Frontera”, la más lejana de todas. Ese flete era atractivo porque se gratificaba con 500 pesos.

La mayoría de las veces hasta podían recibir alguna pieza del pan frío, como las que el dueño obsequiaba generosamente a todas las personas necesitadas que llegaban a pasar por su panadería, las cuales en correspondencia a su espíritu filantrópico, ocasionalmente le regalaban queso, calabazas, frijol, mazorcas de maíz…

Los nueve hijos de don Pascual aprendieron el oficio desde temprana edad, igual que las dos generaciones que les antecedieron, desde Salomé Pinedo y su esposa Juanita Huizar.

Isidro quiso ir a estudiar una carrera universitaria, pero su padre, aunque disponía de recursos económicos del próspero negocio, sabía que en la ciudad capital la vida era demasiado acelerada y había numerosos accidentes automovilísticos; no lo dejó ir por temor a que lo fueran a atropellar. Heredó el oficio por varios años.

Un corazón noble siempre dispone de valores más allá de lo común. Cada que prestaba dinero y se daba cuenta su esposa, ella sentenciaba: “no te van a pagar”, lo cual le dejaba sin cuidado porque lo sabía de antemano. Accedía al favor solicitado al enterarse de sus necesidades y conocer sus posibilidades. Jamás esperó respuesta o pago alguno.

Era de esas personalidades que afortunadamente existen en la mayoría de las comunidades, son empáticos, siempre prestos a solidarizarse con los vulnerables. Su filosofía parecía ser: “No doy porque tengo, sino tengo porque doy”.

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