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Falsas esperanzas

Falsas esperanzas

Antonio Sánchez González

   |  23 octubre, 2020

Antonio Sánchez González.

Para aquellos que esperan la disponibilidad inminente de una vacuna contra Covid-19, las noticias de estos días acerca de que la primera podría empezar a administrarse en algunas regiones del mundo tan temprano como “justo después de Navidad” probablemente habrá levantado sus ánimos. Según los informes publicados en la prensa especializada, una vacuna desarrollada por la Universidad de Oxford y AstraZeneca podría estar lista para distribuirse en enero y aplicarse antes de que inicie la primavera en el hemisferio norte.

Se ha escrito mucho acerca de cómo el mundo volverá a la normalidad cuando una vacuna esté disponible. Pero, realmente, eso no será cierto. Es importantísimo ser realistas sobre lo que las vacunas pueden y no pueden hacer.

Las vacunas protegen a las personas contra las enfermedades y, con suerte, también contra las infecciones, pero ninguna es absolutamente eficaz. Saber qué proporción de una comunidad sería inmune después de un programa de vacunación es, como mucho en medicina, un juego de números: debemos multiplicar la eficacia de la vacuna por la proporción de la población a la que ha sido administrada.

En México, tradicionalmente se han logrado coberturas nacionales mediocres cuando se habla de administrar vacuna contra la influenza, de alrededor de 56% de los mayores de 65 años cada año; a muchos países les va peor o no tienen programas de vacunación para las personas mayores. Es razonable esperar que este nivel de cobertura se pueda lograr para una vacuna Covid-19 en ese grupo de edad en nuestro país.

Por lo tanto, si la vacuna Covid-19 tiene una efectividad del 75%, lo que significa que el 75% de los vacunados se vuelven inmunes, en realidad solo protegeríamos al 42% de esa población objetivo (75% del 56%). Eso no sería suficiente para detener la circulación del virus. Casi la mitad del grupo de mayor riesgo seguiría siendo vulnerable y no sabríamos quiénes son. Relajar las reglas de distanciamiento social al enfrentar esos riesgos sería una ruleta rusa.

Si hacemos el mismo ejercicio aritmético a propósito de las personas menores de 65 años que padecen enfermedades como hipertensión, diabetes, obesidad y cardiopatías, sucede que, en un buen año, México vacuna al 30% de ellos contra la influenza. Eso significa que menos de uno de cada cuatro de ellos estarán protegidos (75% del 30%). Para empeorar las cosas, reguladores como la FDA en Estados Unidos y la Agencia Europea de Medicamentos han dicho que aceptarán un nivel 50% más bajo de eficacia para las vacunas contra Covid-19. Si se cumple esa premisa, tenemos que multiplicar la cobertura por un 50% de eficacia, no por un 75%, y de repente todo se vuelve más preocupante.

Por otra parte, además de proteger a las personas, las vacunas pueden proteger a las comunidades mediante la interrupción de la transmisión. Uno de los mejores ejemplos proviene de la campaña de vacunación contra la meningitis del Reino Unido a fines de la década de 1990. Hubo una reducción del 67% en el número de casos en niños y jóvenes no vacunados porque estaban protegidos por sus contactos que habían sido vacunados y ya no transmitían la infección. Si queremos ver la protección de la población a partir de una vacuna Covid-19, necesitaremos altos niveles de protección en todas las edades, vacunando a todos, no solo a los grupos de riesgo como se planea. Para detener la transmisión comunitaria, debemos vacunar a cualquier persona que pueda transmitir la infección, lo contrario significa que nuestro objetivo solo pretende la protección individual.

El cumplimiento de las recomendaciones para contener la pandemia, como el distanciamiento social y el uso de cubrebocas o las cuarentenas, depende de la confianza. Si los políticos nos dicen que las actuales limitaciones sobre nuestras vidas solo van a durar hasta que tengamos vacunas, nos están vendiendo falsas esperanzas.

Si bien la esperanza y el optimismo son muy necesarios en estos tiempos oscuros, es importante ser transparente. Necesitamos comunicar claramente que la vacunación dirigida no nos devolverá “a la vida normal”.

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