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27 de octubre

27 de octubre

Estudiante foráneo

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Huberto Meléndez Martínez.

Dedicado a los amigos de la adolescencia

Específicamente los viernes por la tarde veía con ojos anhelantes, a muchachos mayores que él, bajar del autobús de pasajeros, mochila al hombro e ir por las calles rumbo a casa.

Eran estudiantes que llegaban de otras ciudades donde cursaban bachillerato o asistían a alguna Universidad.

No era envidia, sino admiración e imaginaba vivir esa experiencia, porque sabía que años más tarde serían profesionistas: ingeniero, médico, abogado, contador, oficinista, gerente, enfermero, sacerdote, profesor, empresario, etc. y con el tiempo tendrían un empleo distinto (y otro nivel social) a los que en su localidad podrían aspirar: minero, campesino, obrero, comerciante, chofer, zapatero, cargador, mecánico, carpintero, barrendero, policía, …

Muchas cosas había en su percepción sobre la personalidad de aquellos jóvenes. Conocía a algunos porque habían egresado de su misma escuela. Los veía distintos, más desenvueltos en su forma de expresarse, denotaban disposición de otros conocimientos escolares; ocasionalmente escuchaba cómo describían los nuevos contextos sociales. Hasta su andar era diferente.

No sabía por qué razón aquella imagen del caminar cargando el equipaje a la espalda y libros en el otro brazo, quedó grabada en su memoria. Quería ser como ellos.

¿Qué debía hacer? ¿Con qué posibilidades contaba? ¿Sería difícil?

Al paso de los meses fue comprendiendo que la posibilidad era remota, inalcanzable, porque, aunque se esforzaba mucho en sus estudios de secundaria, las notas excelentes aparecían a cuentagotas en su boleta de calificaciones. Además en los hogares de aquellos futuros profesionistas debía haber mayor solvencia económica que la propia, aunque dos de sus hermanos mayores aportaban recursos a la familia.

Lo único viable (y con acentuados esfuerzos) fue inscribirse a cursar una carrera corta en el mismo pueblo. De esa forma reorientó sus expectativas de vida. Concluyendo esa preparación conseguiría trabajo en alguna empresa, esperando con sus ingresos estudiar posteriormente una ingeniería o licenciatura universitaria.

Para su buena suerte, a pocas semanas de haber iniciado el ciclo escolar, aprobó un examen para obtener una beca e ingresar a una escuela formadora de profesores.

Vivió aquella añoranza de ver llegar estudiantes, ahora siendo protagonista y, junto con ello, los demás elementos intrínsecos.

Primero, no podía viajar con frecuencia por falta de medios para pagar pasajes. En múltiples ocasiones viajaba de ride o en ferrocarril, cuyos costos eran alcanzables, pero invirtiendo varias horas de espera.

En segundo lugar, aquella escena cargando la mochila no era tan envidiable porque traía la suya repleta de ropa sucia. Pronto adquirió sensibilidad para apreciar el mérito del trabajo doméstico. En las siguientes visitas, hacía espacio en sus actividades escolares días antes a la salida de las vacaciones, para portar sus cambios de ropa limpia y bien planchada (a su juicio).

Literalmente un día después de su llegada, podía verse en el patio el tendedero repleto, porque su madre, mujer de hogar, volvía a lavar y planchar todo. Ese trabajo debía considerarse bien hecho solo cuando ella lo hacía.

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