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   |  15 noviembre, 2019

José Napoleón García

José Napoleón García

En días recientes arribó a nuestro país el asilado político Evo Morales, dejando atrás un largo lamento boliviano, mientras que en redes sociales el debate se dio entre quienes reconocían los logros sociales y económicos alcanzados por su administración, y quienes cuestionaban sus métodos para permanecer al mando del estado boliviano por 14 años seguidos.

Pero no estamos viendo clara y objetivamente. En redes sociales nos enfrascamos en discusiones estériles y el problema no es Evo Morales, Andrés Manuel López Obrador, Enrique Peña Nieto o Felipe Calderón; el problema es el sistema presidencialista, el sistema piramidal.

En el actual gobierno federal hay un aproximado de 1 millón 400 mil trabajadores, todos ellos conformados en una estructura de pirámide, que termina en un solo hombre al mando de las acciones que realiza todo el aparato gubernamental.

Y con este millón 400 mil empleados, el gobierno federal brinda servicios y atención (o deja de brindar) a una población de 130 millones de mexicanos.

El problema no son los políticos, el problema no es la cúpula de la pirámide, el problema es que existe la pirámide.

Cuando una persona se convierte en presidente no deja de ser “humano”, imperfecto por naturaleza.

Un humano va a velar primero por sus intereses, por su familia, por sus ideales y sus sueños, es la naturaleza humana, que no debe sernos ajena.

En 2018, tuvimos la opción de votar por únicamente cuatro candidatos a ocupar la cima de nuestra pirámide, y voté por AMLO no porque fuese la opción ideal para mí, vote porque de los cuatro era de lejos el mejor.

Sin embargo, solo cuatro de 130 millones pudieron ser candidatos, esta es la enorme falla de nuestro sistema.

Siendo personas realistas y objetivos, es infantil y cándido pensar que una persona por muy presidente que sea va a velar por los intereses de una población de 130 millones.

Estamos tan acostumbrados a ver la pirámide, que no nos atrevemos a cuestionarla, o a pensar que pudiera haber algo diferente. Un gobierno horizontal donde no tengamos un jefe máximo, un gobierno donde sea la comunidad la que gobierne.

Las sociedades justas no se construyen por presidentes electos democráticamente, se construyen por sociedades humanas, constructoras de su propio destino.

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