

Cuando en el modelo eficaz para la comunicación debe ser primero el público, segundo el mensaje y tercero el contexto del emisor y el propio emisor.
Otro error en nuestro ejercicio de la comunicación en nuestro país es el tipo de mensaje. En este México he asistido a “conferencias magistrales” que en realidad son recuentos autobiográficos: de dónde vengo, cómo inicié, cómo afronté penurias, qué pensaba, qué sentía, cómo vivía, qué pienso yo de la vida que me ha tocado. La pregunta ante este desahogo o lucimiento o autorrealización es: ¿realmente aporta dicha narración de esa vida “tan dramática” algún elemento valioso para los receptores?
Un error más es dejar al público al final. Yo soy la estrella, yo soy el que tiene la voz, yo soy el candidato, yo soy quien preside la mesa de honor, el evento es para mí, ustedes se callan, me escuchan, tienen que entenderme. Cuando en el modelo eficaz para la comunicación debe ser primero el público, segundo el mensaje y tercero el contexto del emisor y el propio emisor, el ego del político o speaker mexicano toma todo y lo arruina al ponerlo de cabeza. Primero él, luego su vestuario y contexto, después su mensaje, al final el público que viene a adorarme.
El chiste no es que abarroten el auditorio con la gente que bajó de los camiones, sino que el orador realmente conozca a priori las necesidades y realidad de esa gente. Lo ideal es que el emisor del mensaje considere: 1) lo que esa gente busca escuchar, y 2) lo que esa gente necesita escuchar, pero aún no sabe que necesita escucharlo.
Si realmente atendiéramos a la comunicación como la gran apuesta para mejorar al entorno, el auditorio debería quedar convencido e incluso capacitado para retransmitir el mismo mensaje del emisor en otros lugares y momentos, con las palabras simples y directas que éste precise para tal fin. La conferencia debe ser realmente eso y no un evento votivo de fanáticos ante su adorado. El modelo de comunicación está obligado a reconsiderar al receptor como beneficiario y no como instrumento ni pretexto ni botín alguno.
Por desgracia, en este México que tanto privilegia a los opinadores pero que tanto necesita diálogo, persiste el modelo del gran escalón del aula tradicional: el emisor se encumbra y ordena que todos se callen porque ha llegado el gran momento del aprendizaje. Pobre México donde todos descalificamos de un plumazo a quien comienza a debatir con nosotros, pobre México que se llena de figuras públicas en las redes sociales o la realidad, y deja muy atrás la construcción genuina del ciudadano, el vecino, el elemento básico de construcción de una mejor sociedad.