Empezar a aprender

Huberto Meléndez Martínez.
Huberto Meléndez Martínez.

Con gratitud a don José Torres y sus hijas Esthela, Amalia y María, de Cedral, S. L. P   De un día para otro cambiaron los planes de futuro del muchacho que seis semanas antes había ingresado a una Academia Comercial, pues inesperadamente apareció una oportunidad de inscribirse en una Escuela Normal. Él desconocía la … Leer más

Con gratitud a don José Torres y sus hijas Esthela, Amalia y María, de Cedral, S. L. P

 

De un día para otro cambiaron los planes de futuro del muchacho que seis semanas antes había ingresado a una Academia Comercial, pues inesperadamente apareció una oportunidad de inscribirse en una Escuela Normal.

Él desconocía la localidad, el tipo de estudios, las personas con quien se relacionaría y forma de llegar al sitio, etc.

Cuando menos acordó estaba desplegando su catre en una habitación de una familia, que generosamente aceptó colaborar en dar asistencia de hospedaje y alimentos a dos estudiantes de esa escuela.

Su padre se había endeudado con cuatrocientos pesos para contratar un vehículo e ir a llevarlo. Sólo consiguieron uno de redilas demasiado grande, dadas las pocas pertenencias de aquel joven. Catre, una caja de cartón con un par de cambios de ropa, una máquina de escribir y dos cuadernos.

El primer problema es que se quedaba en compañía de gente desconocida. A fuerza de necesidad tuvo que ocultar su introversión y encontrar la manera de comunicarse con los demás. Él mismo se sorprendió de darse cuenta que podía hacerse entender apropiadamente.

Una segunda dificultad y más complicado aprender fue que la primera comida que recibió, era un gran plato de sopa de fideos con tres piezas enormes de algo lampreado en huevo batido. Ni forma de renegar, porque tenía hambre, no tenía dinero, su mamá le hubiera cocinado exprofeso una sopa de arroz (que era la única que le gustaba), pero estaba a cientos de kilómetros de ella. Sin proponerse, abusó en el consumo de tortillas.

Forzado por las circunstancias terminó la sopa… creyendo que lo demás era papa lampreada como la que se acostumbraba en su terruño y era deliciosa, “le clavó el diente” pero el sabor esperado se esfumó, quedando otro, era una cosa blanda, liviana, más hidratada que lo supuesto: coliflor hervida.

No le gustaban las verduras, mucho menos aquella. Endureciendo el estómago mal masticó el primer bocado y sufrió la degustación de todo aquel alimento no agradable. Le parecía estar escuchando aquel consejo forzado en su familia en tono imperativo: “Se come lo que le sirvan, agradézcalo y recoja su plato”.

Muy a su pesar, así lo hizo. Al paso del tiempo aprendió a comer todo tipo de verduras en aquella región extraña y platillos desconocidos en su tierra.

Un tercer problema era el lavado y planchado de su ropa. En la casa materna lo más que había logrado hacer era encargarse de sus calcetines, porque como todo adolescente, experimentaba una sudoración abundante y en casa hasta sus hermanas rehuían hacerlo. Nunca aprendió a hacerlo bien, pero tuvo que encargarse de ello por cuatro largos años.

Las nuevas circunstancias le obligaron a adquirir el hábito incluso a tender su cama, barrer y trapear su habitación, colaborar con las actividades ordinarias de la familia anfitriona.

Hace falta estar fuera de casa, en posición de necesidad y sin recursos económicos para aprender a vivir.




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