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Detectar el cáncer

Detectar el cáncer

Antonio Sánchez González

   |  18 octubre, 2019

Detectar el cáncer

Los programas de detección de cáncer a gran escala tienen consecuencias no deseadas, principalmente los resultados falsos positivos y el sobre diagnóstico, que conducen a ansiedad y al

sobretratamiento. A pesar de décadas de discusión, la magnitud de estos daños sigue sin tener una medida clara.

Apreciando la dificultad que existe para lograr el equilibrio entre perjuicios y beneficios, las autoridades encargadas de las políticas de medicina preventiva de países occidentales han cambiado varias de sus recomendaciones en los últimos años. Por ejemplo, las recomendaciones para la detección de cáncer de mama han pasado de sugerir mamografías anuales a partir de los 40 años a estudios bienales a partir de los 50 años para las mujeres con riesgo medio y en el caso del cáncer de próstata ya no se recomienda hacer estudios para los hombres de 70 años o más, e incluso para los hombres de entre 55 y 69 años la detección es ahora una decisión individual.

Para el diseño de los nuevos programas de detección de personas con cáncer ahora se pone el ojo en los grupos de alto riesgo en lugar de convocar a la población en general, con el objetivo de aumentar la probabilidad de beneficios y limitar los daños. Por eso, también, la detección del cáncer de pulmón se recomienda solo para fumadores y para quienes hayan dejado de fumar en los últimos 15 años, tengan entre 55 y 80 años y tengan historia de tabaquismo intenso y por muchos años.

La adopción de este tipo de estrategias no ha estado exenta de controversia. El cambio de paradigma hacia la detección y el cribado menos frecuentes en una población más estrecha ha evocado fuertes reacciones de los defensores de la detección del cáncer. No son pocos los que consideran rayano con lo poco ético sugerir que el beneficio de tener una vida salvada por la “detección oportuna” y en consecuencia vivir otros 40 años puede ser equilibrado contra el “daño” de ser sometido, por ejemplo, a consecutivos estudios mamográficos adicionales para investigar lo que después de meses, estudios y a veces tratamiento agresivo, resulta no ser un cáncer. En otras palabras, hay quien considera que el daño que sufran algunos a quienes se sobrediagnostica con estos procedimientos destinados a la “detección oportuna” debe tener poco o ningún peso en las recomendaciones de detección.

Aunque el debate médico sobre la detección del cáncer está avanzando hacia una discusión más equilibrada entre beneficios y daños, muchos pacientes todavía son sometidos a pruebas de detección que son más agresivas de lo que los médicos deberíamos recomendar, debido a la creencia subyacente de que no hay daño mayor que el beneficio de salvar una vida.

Lo peor de todo es que cuando examinamos las cifras, la detección del cáncer no es muy eficaz.

Incluso utilizando estimaciones optimistas de sus beneficios, en el mejor de los casos es una medida mediocre. Las cifras demuestran que las campañas de detección aplicadas a población abierta, predominantemente constituida por individuos con riesgo bajo efectivamente detectan más casos de cáncer en una etapa temprana y potencialmente tratable, salva algunas vidas de ese cáncer, pero los individuos en los grupos de riesgo siguen muriendo de cáncer a pesar de la detección.

Efectivamente, uno puede preguntarse si el cribado más agresivo podría prevenir las muertes que ocurren a pesar de la detección estándar.

Si uno considera que los beneficios por sí solos deben ser considerados al escribir recomendaciones sobre la detección, la conclusión lógica va más allá de la detección. En octubre y en México, en el mes que sirve para llamar la atención sobre el cáncer de mama, vale la pena repensar lo que hemos estado haciendo para detectar el cáncer -de mama y otros- y revisar si lo estamos haciendo correctamente.

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