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Descansar y discernir

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Sigifredo Noriega Barceló.

El mes de julio se caracteriza -entre otras cosas- por ser tiempo de vacaciones y tiempo intenso para quienes deben discernir si Dios los llama a servir como consagrados en la construcción del Reino de Dios. Hablamos de vacacionistas y de jóvenes ‘vocacionistas’. Ambos preparan ‘sus maletas’ con especial cuidado.

Quisiera saber qué lleva y contiene cada maleta… Seguramente habrá lo necesario y lo previsible. El que va de vacaciones lleva lo suyo y, ¿Quién va a una experiencia vocacional? No necesita de tantas cosas. Me encanta ver a jóvenes que traen su morral lleno de ilusiones, dudas, expectativas, fe; no se necesita más… Con el tiempo irán llenando el morral de su vida con la confianza indispensable en Aquel que los llama e invita a la misión.

El relato de Marcos que hoy escuchamos el Domingo pasado habla de vocación a la misión. Jesús reúne a un grupo de discípulos, los enseña y envía de dos en dos. Las instrucciones que les da son de una radicalidad que pudiera espantar a más de uno de los invitados. No se trata de poner la confianza en sí mismo, ni de llenarse de cosas para ir bien protegidos y ‘asegurados’ ante cualquier contingencia. La fuerza de la misión está en Dios quien envía y en la Palabra que porta el discípulo candidato a apóstol. La vocación y la misión son cuestión de fe-confianza-compromiso. Se trata de creer, escuchar, acoger y obedecer a la Palabra. Quienes acepten el llamado encontrarán apoyo en las mismas comunidades de fe.

El que es llamado y enviado debe cultivar ciertas virtudes: confianza total en Dios (sin provisiones), sobriedad (no alforja, ni dinero), disponibilidad (sandalias), autoridad (bastón). El estilo del misionero debe parecerse cada día más al de su Maestro itinerante. La posibilidad del rechazo va incluida en el inventario de la maleta del discípulo.

A veces pensamos que el anuncio del Evangelio toca a otros, a los ‘profesionales’. Cada bautizado es enviado/misionero. Ir de dos en dos significa que vamos como Iglesia, en comunión de intenciones y de planes. El destino de la misión es la vida con todo y sus realidades. Allí, sin imaginar cosas raras, somos invitados a proclamar la conversión, expulsar demonios y curar enfermos. Los discípulos misioneros no inventan su misión, sólo deben continuar lo realizado por el Señor.
El discípulo del siglo veintiuno está llamado a dar razón de los valores evangélicos que lo mueven, del apoyo incondicional del Señor y de la esperanza que los anima, alegra y fortalece. Encontraremos nuevos ‘espíritus inmundos’ que andan sueltos y se resisten a la conversión. Sería bueno que los identificáramos bien, los del tiempo de vacaciones y los que andan merodeando como heridas que no han cicatrizado a poco más de un mes del día de las elecciones y de las amenazas latentes del Covid Delta.
También se vale soñar a los bautizados sembrando Evangelio, trabajando por la reconciliación y la paz, en un entorno extremadamente violento.

Con afecto de enviado bendigo sus ires y venires.

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