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Crisis recurrentes en lugar de reactivación

Crisis recurrentes en lugar de reactivación

Luis Enrique Mercado

   |  7 diciembre, 2020

Luis Enrique Mercado.

Alguna vez le preguntaron al expresidente Ernesto Zedillo qué es lo que le faltaba a México para despegar hacia una mejor condición de desarrollo y su respuesta fue bien clara: “Consolidar el estado de derecho, una mejor aplicación de la ley, reglas más firmes, instituciones más sólidas”.

Zedillo había llegado a la presidencia de la República para enfrentar una pavorosa crisis económica; lo hizo con enorme habilidad y terminó su sexenio con una economía en crecimiento, con baja inflación y como uno de los mejores presidentes del México moderno.

Para enfrentar la crisis económica de diciembre de 1994, Zedillo utilizó, por ejemplo, la reciente autonomía del Banco de México, que había entrado en vigor en abril de 1994 y creó el mecanismo de flotación del peso frente al dólar como un mecanismo de ajuste a la crisis económica.

Desde el sexenio de Carlos Salinas de Gortari hasta el de Enrique Preña Nieto se crearon o transformaron para darles mayor poder, instituciones autónomas esencialmente encargadas de tareas de regulación fuera del ámbito del poder ejecutivo.

Ahí podemos enumerar el otorgamiento de la independencia del Banco de México, la creación de la Comisión Federal de Competencia Económica, el fortalecimiento de la Comisión Regladora de Energía, la creación del Instituto Federal de Competencia o el fortalecimiento e independencia del INE.

Junto con ello, el avance en el establecimiento de reglas claras para el desarrollo de empresas en áreas sensibles, como la energía, el sector farmacéutico y las energías renovables.

Todo ese entramado que ha sido la base para que México dejara atrás las crisis económicas recurrentes y que permitió cumplir un cuarto de siglo sin ellas es el que este gobierno de la 4T ha venido destruyendo.

Primero, se reemplazaron las reglas para invertir por ocurrencias presidenciales y nació una nueva institución, la de el voto a mano alzada para aprobar las inversiones; luego, se bajo el presupuesto a las instituciones autónomas para restarles capacidad de operación y, en casos como la Comisión Reguladora de Energía, primero se empujó a la renuncia del Comisionado Presidente y luego se le persiguió judicialmente.

El siguiente paso fue el cambio de reglas para los constructores de gaseoductos y para los productores de energía limpia, hasta llegar a la cuasi destrucción de la Reforma Energética del sexenio pasado.

El más reciente paso fue la salida de Alfonso Romo como jefe de la Oficina de Presidencia, quien trató de oponerse a muchos de esos golpes sin conseguirlo, hasta que se convirtió en una figura decorativa que no sirvió para nada, ni para el gobierno, ni para los empresarios.

Hoy por hoy, el problema de México no son solo las consecuencias económicas de la pandemia, sino la destrucción sistemática de todo un entramado que se había creado a lo lago de los últimos 30 años para mejorar la regulación, perfeccionar las reglas de operación de sectores específicos y aumentar la competitividad del país en la atracción y fomento de la inversión privada.

Con la excusa de acabar con la corrupción, que sin duda había, se cambiaron reglas, se destruyeron reformas completas y casi se aniquiló a reguladores independencias. El resultado real ha sido que la corrupción no sólo no se acabó, sino que está más fuerte y activa que nunca y además, que se debilitaron o destruyeron las fuentes de crecimiento. La recuperación en este clima es casi imposible; es más probable que hayamos regresados a las épocas de las crisis recurrentes.

*Twitter @jerezano52

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