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17 de octubre

17 de octubre

Cine colonial

La función estaba por iniciar cuando a las diez de la mañana del domingo sonaba la Marcha Zacatecas, desde una torre metálica con unos megáfonos cónicos instalados en la azotea del Cine Colonial, era la matiné que no siempre se llenaba de niños.

Después de la función de niños seguían a eso del medio día otras dos o tres películas  ya más para adultos, la función en el cine era toda una aventura, cuando ya estuvimos en edad de tomar metíamos una botella de tequila.

Fíjense, mi amigo Chema ya trabajaba y traía sus buenos pesos, entonces le daba un dinero al conserje para que metiera la botella, y se la dejaba escondida en los baños.

Don Alfonso revisaba muy bien a la gente que entraba a ver las funciones, para que no consumieran productos que no fueran de la empresa, pero siempre hacía corajes al ver entre la basura una botella de tequila.

Pero no éramos los únicos que hacíamos nuestro relajo, doña Cuquita siempre se las ingeniaba para meter sus buenas bolsas de cacahuates, no estaba prohibido comer en el cine, lo que estaba mal era meter comida.

Además doña Cuquita era una narradora empedernida, “aguas, fíjate atrás menso” –decía- “ps tas queriendo” cuando eran escenas románticas y la protagonista no se quería dejar besar, esa señora era una fiesta, pero pobre de aquel que se sentara a su lado y ella se sabía los diálogos, ni disfrutaban nadita.

Habíamos unos más cochinos nos orinábamos en los envases vacíos y los lanzábamos a las gente de más delante, había otros que el líquido que aventaban era semen, esos eran los más aventados.

La sala no estaba en silencio, siempre riendo, comiendo, en especial cuando comíamos semillas de calabaza, era un crujidero en todo el cine, pero si la película se ponía buena, el silencio más sepulcral reinaba.

Cuando uno iba al baño era un puro pisar cascaras de semillas, no podías ir discretamente a hacer tus necesidades porque todo el pasillo tenía restos.

Dicen que una vez encontraron a una pareja haciendo el amor en la parte trasera de la sala, que estaba más apenado don Alfonso el administrador que la mentada parejita.

Nunca se supo bien quiénes fueron, se decía que la muchacha era de la Villita, que el novio un caporal de la hacienda de San Andrés.

Una vez me corté la mano al ir por los refrescos para tomarnos el tequila, los envases eran de vidrio, me tropecé y metí la mano, lo pedazos de vidrio me cortaron. Me llevaron de carrera al hospital que estaba cerquitas.

¡Ah que buenas vivencias nos dejó el Cine Colonial!

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