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Azúcar, medicina y corrupción

Azúcar, medicina y corrupción

Antonio Sánchez González

   |  1 noviembre, 2019

Azúcar, medicina y corrupción

Hace unos 3 años que se publicaron los resultados de la investigación que aclaró que las influyentes opiniones médicas que restaron importancia al papel del azúcar en las enfermedades del corazón en la década de 1960 fueron pagadas precisamente por la industria azucarera de entonces.

Hace décadas que está claro cómo, de manera perversa, con el respaldo de un grupo de cabilderos, aquellos científicos de hace 50 años culparon a la grasa dietética como la causa de la enfermedad coronaria en lugar del azúcar, según un documento histórico publicado en la revista especializada en medicina interna de la American Medical Association en 2016, que además demuestra las décadas de esfuerzos de la industria del dulce para ocultar metódicamente los efectos negativos del azúcar para la salud.

En pocas palabras, esos hallazgos muestran que una organización lucrativa conocida hoy como la Asociación Americana del Azúcar (AAA), pagó a los científicos para que hicieran una revisión de la literatura de 1967 que pasó por alto el papel del azúcar en las enfermedades del corazón.

Esa organización fijó los objetivos de la revisión, la financió y examinó los borradores antes de que se publicaran en la revista médica más prestigiada del mundo -el New England Journal of Medicine-, que no requería la divulgación de conflictos de intereses de los autores de documentos científicos hasta 1984. Los tres científicos de Harvard que escribieron la revisión se echaron a la bolsa el equivalente a 50 mil dólares de hoy por esa revisión que durante cerca de medio siglo sirvió de pretexto para las recomendaciones de los médicos a sus pacientes.

A pesar de estos antecedentes, la industria alimentaria sigue influyendo en la ciencia de la nutrición. Por ejemplo, Nestlé ha manifestado que “Hoy en día, es casi imposible mantenerse al día con la gama de empresas de alimentos que patrocinan la investigación –de los fabricantes de los alimentos, bebidas y suplementos más altamente procesados a los productores de alimentos lácteos, carnes, frutas y semillas– típicamente dando resultados favorables a los intereses del patrocinador”, y agrega en un posicionamiento público que “El patrocinio de las empresas alimentarias, ya sea o no intencionalmente manipulador, socava la confianza pública en la ciencia de la nutrición, contribuye a la confusión pública sobre qué comer y compromete las pautas dietéticas de maneras que no son del mejor interés de la salud pública”.

La cuestionable relación entre las compañías alimentarias de alcance mundial y los médicos ha sido descrita en investigaciones recientes por The Associated Press y New York Times; en 2015, por ejemplo, éste último medio mostró cómo Coca-Cola ha financiado millones en investigación para desvirtuar los datos que vinculan a las bebidas azucaradas con la obesidad y otras dolencias.

En su defensa, argumentando transparencia, la misma AAA ha respondido diciendo que, “denunciamos los continuos intentos de este grupo de autores -en referencia a quienes revelaron esta trama de corrupción- de replantear los acontecimientos históricos para alinearse convenientemente con la narrativa antiazúcar actualmente en tendencia -mundial-, especialmente cuando las últimas décadas de investigación han llegado a la conclusión de que el azúcar no tiene un papel único en las enfermedades del corazón”, añadiendo, “Lo más preocupante es el creciente uso de artículos científicos que con titulares llamativos pretenden superar la investigación científica de calidad: nos decepciona ver una revista de la estatura de JAMA (la publicación insignia de la misma American Medical Association) que se ve atraída en esta tendencia”.

Toda esta evidencia y el acúmulo de casos de enfermedad cardiovascular ocurridos en las últimas décadas, han servido en todo el mundo para justificar, de manera a veces soterrada, medidas en la forma de políticas públicas de salud, fiscales y hasta simplemente informativas (como las nuevas reglas de etiquetado aprobadas recién por el congreso de la unión), para tratar de contrarrestar el fenómeno y salvar vidas.

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