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16 de enero

16 de enero
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Huberto Meléndez Martínez.

En memoria de mi padre, Juan Meléndez Contreras (QEPD)

Era sábado, día de cobrar y trabajar media jornada, lo cual llenaba de regocijo al centenar y medio de trabajadores en aquella mina.

Con el entusiasmo que provoca este hecho, al término del turno entregaron las herramientas en el almacén, para luego formarse en la fila que serpenteaba afuera de la oficina administrativa de la empresa.

Las animadas conversaciones en esa formación, se iban apagando conforme llegaban a la mesa donde firmaban la nómina.

Después de recibir un sobre amarillo tamaño carta con el sueldo correspondiente, los mineros se retiraban a sus hogares, pero en esa ocasión salían con un andar taciturno, extraordinario. Empezó a generarse inquietud en los que se aproximaban al escritorio.

Juan vio que había visitas inusuales: a los lados de la mesa estaban el gerente, administrador, cura del pueblo, secretario del sindicato y dos señoritas jóvenes muy maquilladas y vestidas con elegancia.

Luego de recibir el pago, el jefe acercó la urna con una hendidura en la parte superior, al tiempo que decía, a manera de orden “Aquí recibiremos su donativo de cinco pesos, para los fondos de la elección de la candidata a Reina de la Feria del Pueblo”.

El jornalero recordó las fatigas, penurias y el esfuerzo de haber estado trabajando turnos adicionales, aspirando a un sueldo mayor al ordinario y, entre nerviosismo, temor y audacia se animó a cuestionar…
“¿Para qué es esa cooperación ‘voluntaria’?”

“Es para ayudar a los niños pobres del Municipio” respondió el líder sindical.
– “Si de eso se trata, yo ayudaré a los de mi rancho. Perdone, pero usted no sabe lo mucho que me he cansado para cubrir nueve jornales en esta semana. Quizá quieran despedirme por no poder apoyarles, pues soy empleado de contrato (no sindicalizado)”.

Era de una comunidad vecina y el único sostén de su familia, la cual quedó a cargo de la parcela y cuidado de sus cabras. Diez integrantes incluidos los padres.

Sorprendidas las personalidades ante el cuestionamiento espontáneo e irreverente, acumuladas las calladas muestras de desaprobación de quienes ya habían pasado y la actitud expectante de quienes escuchaban la interpelación, tuvieron que flaquear.

“Es un compromiso ciudadano con el Patronato de la Feria, pero llamamos a la voluntad de ustedes”.
Gotas de sudor aparecieron en la frente del peón por las emociones generadas ante la tensión del hecho, el movimiento de guardar el sobre en la bolsa de su humilde pantalón denotó rebeldía y, colocándose el casco, el saludo de “Buenas tardes” sonó seco al retirarse.

El suceso inédito envalentonó al resto de los compañeros, ninguno hizo aportación alguna, causando bochorno al gerente y líder sindical ante el párroco y las jóvenes visitantes.

Como era de esperarse, el audaz joven no volvió a ser contratado; por varios años el Patronato tampoco regresó.

La sumisión ante el caciquismo a veces necesita sólo una pequeña oposición para sacudirse el autoritarismo o la imposición.

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