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16 de enero

16 de enero

¿A quién iremos?

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Juan Carlos Ramos León.

En la película “Forrest Gump”, del actor Tom Hanks, ocurre que el protagonista comienza a correr sin parar y termina recorriendo de costa a costa la unión americana. Poco a poco comienzan a integrarse a su “causa” varias personas que llegan a convertirse quizás en un centenar. Tal vez movidos por un deseo de sentirse libres o quizás inspirados por la autenticidad y transparencia de aquel a quien se sienten seguros de seguir, no importa a donde vaya.

De acuerdo con la cinta, su recorrido dura un poco más de tres años cuando, de repente, al ir corriendo el puntero con su pelotón de seguidores detrás por una carretera solitaria, éste se detiene, se da la vuelta, los mira y argumenta: “me siento muy cansado, creo que me voy a casa”. Camina hacia ellos justo por el centro de la carretera y del puñado de seguidores que corrían tras de él quienes, todavía confundidos, le abren paso. La escena termina al escucharse a alguien emitir una pregunta que queda sin respuesta “y ahora ¿Qué se supone que debemos hacer?”

Se ha preguntado usted ¿Qué haría si no hubiera nadie que le señalara el camino? En su trabajo, en la escuela, en el gobierno, en la religión, ¿Qué haría usted si de pronto el maestro de su clase no se presentara o su jefe en el trabajo no llegara, o si, de pronto, todos en el gobierno desaparecieran? Interesante, ¿No?

Siempre hace falta quien marque el rumbo, quien sepa como navegar en medio del océano donde no hay más que estrellas en el cielo para guiarse o, por lo menos, que sepa cómo se usa una brújula y hacia dónde vale la pena dirigirse y llevar al resto. En una sociedad hay líderes y seguidores, pero al fin hasta los líderes terminan por seguir a alguien o por lo menos a sus ideales. Vale la pena asegurarse de que no se sigue a un líder de oropel para que nunca nos pase como a los seguidores de Gump o a los apóstoles de Jesús al ser cuestionados sobre si estaban dispuestos a seguirle: ¿A quién iremos?

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