

Muchas personas han decidido transitar su día a día alejadas de las noticias diarias, porque ahí precisamente se alimenta una permanente sensación de distintas amenazas para la estabilidad de la especie humana.
Algo extraño está ocurriendo en esta época; muchos seres humanos sienten miedo del futuro. Nunca como ahora la humanidad había alcanzado tantos avances médicos, tecnológicos y científicos, y a pesar de esto, pocas generaciones habían sentido tanta incertidumbre acerca del mañana. Paradójicamente, mientras más conocimiento tenemos sobre el universo, disminuye nuestra seguridad para sentirnos cómodos dentro de él.
Muchas personas han decidido transitar su día a día alejadas de las noticias diarias, porque ahí precisamente se alimenta una permanente sensación de distintas amenazas para la estabilidad de la especie humana. Crisis económicas, inteligencia artificial sustituyendo empleos, cambios climáticos extremos, tensiones nucleares, guerras internacionales, migraciones masivas y una creciente polarización social. El futuro, que antes representaba esperanza y progreso, hoy para muchos significa ansiedad.
Por supuesto que la ciencia ya ha detectado esta manera de percibir el futuro por parte de muchas personas; psicólogos y sociólogos la han denominado “ansiedad anticipatoria colectiva”, definido como un estado emocional donde millones de seres humanos viven preocupados por acontecimientos que todavía no ocurren, pero que consideran que son inevitables. No se trata de un temor individual, es más bien como una emoción social compartida.
¿Por qué ocurre este pensamiento colectivo? Uno de los factores que más influye es la hiperconectividad digital. Hasta hace poco tiempo, una persona conocía las situaciones problemáticas de su comunidad o tal vez de su país. Hoy día, en pocos segundos, esa misma persona puede observar en el preciso momento que ocurren: Incendios forestales en otro continente, crisis financieras globales, guerras, o posturas de gobernantes con discursos políticos agresivos y alarmantes. El cerebro humano no ha evolucionado para procesar tragedias planetarias las 24 horas del día.
Es muy fácil perder la capacidad de crear, imaginar y construir esperanza. El prolongado temor paraliza. Los seres humanos necesitamos recuperar la capacidad de proyectar el futuro sin necesidad de caer en la fatalidad. Un actual gran reto no es únicamente político o tecnológico; más bien es emocional y filosófico: Tenemos que aprender a vivir informados sin vivir aterrados.
La gran diferencia es que hoy cargamos el peso de todo el planeta dentro del bolsillo, en un teléfono que nunca deja de mostrarnos preocupaciones. Y tal vez, de vez en cuando, también necesitamos recordar algo simple: no todo lo que viene será malo.