

Gerardo-Luna-Tumoine-2024-Opinion
Las diferencias políticas, económicas o sociales quedan momentáneamente en segundo plano. Un país entero vuelve a creer, a ilusionarse y a soñar de manera colectiva.
Cada cuatro años ocurre algo extraordinario. Desde las grandes potencias futbolísticas hasta las naciones más pequeñas, millones de personas se unen alrededor de un balón, una camiseta, un escudo y una bandera.
Durante noventa minutos, los problemas cotidianos parecen hacer una pausa. Las diferencias políticas, económicas o sociales quedan momentáneamente en segundo plano. Un país entero vuelve a creer, a ilusionarse y a soñar de manera colectiva.
Es difícil encontrar otro acontecimiento capaz de provocar una emoción semejante. Un gol se celebra en las plazas, en los hogares, en los cafés y en las calles. Una victoria se convierte en una alegría compartida. Y una derrota, aunque dolorosa, suele fortalecer el sentido de pertenencia. Quizá por eso los Mundiales son mucho más que fútbol: son una demostración de que los seres humanos seguimos necesitando motivos para sentirnos parte de algo más grande que nosotros mismos.
Los que hemos practicado el fútbol, sabemos que detrás de cada gol hay talento, sin duda. Pero también hay disciplina, sacrificio, horas de entrenamiento, caídas, derrotas y perseverancia. El éxito rara vez es producto de la casualidad. Como en la vida, suele ser el resultado de una larga preparación silenciosa que pocos ven.
Y mientras observo el entusiasmo que genera este Mundial, pensé en una comparación inevitable.
Un partido de fútbol dura noventa minutos.
Noventa minutos para atacar, defender, corregir errores, aprovechar oportunidades y buscar el objetivo.
La vida también tiene su propio reloj.
No sabemos exactamente cuánto tiempo es el marcador para cada uno de nosotros, pero sí sabemos que nuestra estancia aquí es limitada. Y quizá la gran pregunta no sea cuánto dura el partido, sino qué hacemos con el tiempo que nos corresponde jugar.
Con frecuencia vivimos postergando decisiones importantes. Actuamos como si el tiempo fuera infinito. Pensamos que mañana llamaremos a esa persona, mañana iniciaremos ese proyecto, mañana cambiaremos nuestros hábitos, mañana diremos lo que sentimos.
Pero el marcador y el tiempo siguen avanzando. Los minutos transcurren sin pedir permiso.
Por más que intentemos detener el paso del tiempo con tratamientos, rutinas o artificios, la realidad permanece intacta: nuestra vida tiene una duración finita.
Por eso vale la pena recordar una idea profunda de la filosofía existencialista: la existencia precede a la esencia. Es decir, no nacemos definidos; nos vamos construyendo a través de nuestras decisiones, nuestras acciones, nuestras lecturas, nuestros afectos y nuestros compromisos.
Y hay algo más que el fútbol nos enseña. Los partidos no siempre se deciden en los primeros minutos. A veces el gol llega al final, en el tiempo de compensación. Por eso nunca conviene rendirse demasiado pronto. Mientras el árbitro no pite el final, siempre existe la posibilidad de corregir, remontar y volver a intentarlo.
Y así como una selección no puede esperar hasta el minuto noventa para comenzar a jugar, nosotros tampoco deberíamos esperar indefinidamente para vivir.
Porque cuando el árbitro marque el final del encuentro, lo verdaderamente importante no será el tiempo que tuvimos en la cancha, sino la manera en que decidimos jugarlo.
Por eso vale la pena agradecer a esos jóvenes que tuvieron el privilegio y la responsabilidad de representar a su país. Más allá de los resultados, llevaron sobre sus hombros las ilusiones de millones de personas. Nos hicieron vibrar, sufrir, celebrar y volver a creer. Durante unas semanas lograron algo que pocas cosas consiguen: unir a una nación que muchas veces vive dividida por preocupaciones, incertidumbres, problemas económicos, inseguridad o diferencias ideológicas.
Nos recordaron que todavía existen sueños capaces de reunirnos alrededor de una misma esperanza.
Y así como hoy agradecemos a quienes defendieron nuestros colores en la cancha, procuremos también que, cuando termine nuestro propio partido, podamos decir que honramos el tiempo que nos fue concedido, que jugamos con pasión, que supimos levantarnos después de las derrotas y que dejamos algo valioso en los demás.
Porque nadie juega para siempre. El fútbol, como la vida, nos recuerda que el partido dura 90 minutos: hay que jugarlo con entrega, con sentido y sin dejar para mañana lo que de verdad importa.
Mi admirado Juan Villoro ha recordado hoy que el fútbol es un territorio de contrastes. Lo que para unos es una celebración inolvidable, para otros es una herida difícil de cerrar. Tal vez por eso el Mundial nos conmueve tanto: porque en noventa minutos se parecen demasiado a la vida misma.