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24 de enero

24 de enero

Municipios en crisis

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José Luis Medina Lizalde
José Luis Medina Lizalde.

Antes de la alternancia política en Zacatecas, los gobernadores eran los jefes políticos de los alcaldes, Cervantes Corona, Genaro Borrego se deshicieron de alcaldes y colocaron los respectivos remplazos sin disimulo, Romo Gutiérrez no tuvo empacho para anticipar los nombres de quienes tiempo después accederían al encargo, la victoria del PRD en el estado y varios municipios de 1988 sería el comienzo de la etapa en dónde el gobernador pierde el carácter indiscutido de jefe político de todos los presidentes que no son de su mismo partido y con los que proceden de filas adversarias se inicia la relación del garrote y la zanahoria, de la cooptación o la colocación de piedritas en el camino.

Con el tiempo, la tensión generada por los distintos orígenes partidistas cedió su lugar a la convivencia sin fronteras ideológicas. Desde el inicio el gobernador encontró en los presidentes municipales la vía para inducir candidaturas a diputados locales y alcaldes afines a sus intereses, aunque eso supusiera sacrificar a los de su propio partido.

La degradación de las prácticas políticas se hizo tan normal, que en cada ocasión en que se disputó la gubernatura, presidentes municipales de un color “acuerdan” con el candidato previsiblemente ganador en contra de los intereses electorales de su propio partido las elecciones del 2021 no fueron la excepción.

El tejido de relaciones ultra-pragmáticas entre la clase gobernante de distintos orígenes partidistas gestó un modelo casi único de gestión municipal dominado por el faccionalismo, las operaciones administrativas se inundaron de clientelismo, las altas y bajas del personal prescinden de criterios funcionales, desde que desaparecen las filas para cobrar la quincena se facilita la incorporación de aviadores, los pactos de silencio se apoyan en “estímulos” o en sutiles advertencias de perjuicio laboral, los regidores tienen a su alcance un campo delimitado para traficar influencia.

La inercia se tragó a las contralorías municipales y el control interno devino en descontrol heredado y heredable, la reelección consecutiva radicaliza la deformación clientelar al introducir al introducirse como incentivo perverso de todo gasto con rentabilidad electoral posible, desde el otorgamiento de chamba, hasta el reparto de despensas, la contratación de espacios publicitarios y la operación en redes.

Ser líder, no jefe

El modelo de gestión municipal en Zacatecas ya se agotó, mientras perdure seguirá generando insatisfacción ciudadana y eventualmente inestabilidad política, la reforma del municipio debiera abrirse paso en la agenda del poder legislativo, aunque en esos momentos es poco menos que imposible, lo que quedaría es esperar un papel pro-activo del gobierno del estado para pactar la adopción de medidas de contención del desastre financiero en que vegetan las administraciones municipales basadas es estudios específico, que permitan reubicar personal, liquidar conforme a derecho, resarcir daños al erario municipal, cero impunidad administrativa o judicial, maximización de la eficiencia recaudadora, cero turismo político con cargo al erario, eliminación de lo superfluo, justicia laboral como incentivo indispensable para promover productividad.

El Gobierno del Estado tiene el poder de brindar asistencia jurídica de calidad sin costo a los ayuntamientos, auspiciar esquemas concurrentes entre municipios (Como casas asistenciales para estudiantes de municipios lejanos a los centros educativos) etcétera.

La autonomía le da el marco legal a la colaboración, no la suprime, desde luego, ya no regresarán los tiempos en que el gobernador fungía como jefe político indiscutido de los presidentes municipales, tampoco es deseable la prolongación de la vinculación facciosa “con los que jalan sean del partido que sea” porque eso solo abona al caciquismo y pervierte la política, lo posible y sobre todo deseable es el ejercicio del liderazgo político de David Monreal soportado por la operación política de su Secretaría de Gobierno y –ojalá se pudiera- acompañado por un poder legislativo con más elevadas miras que las mostradas.

Desde que trascendió la pretensión de imponer alfiles en las administraciones municipales entendimos que las tensiones habrían de aflorar tarde que temprano, pero nunca nos imaginamos que fuera su propio hermano Saúl, Presidente de Fresnillo, el que reclamara abiertamente la ausencia de comunicación interinstitucional, tan evidente para todos, por cierto.

Algo cambió

Cumplir órdenes ya no es como antes, durante un prolongado tiempo, firmar papeles autorizando esto o lo otro no implicaba mayor riesgo, el progreso de la fiscalización y la presión ciudadana contra los excesos gubernamentales ya enjabonó el piso a los que acatan órdenes indebidas, a los que autorizan pagos a personas que no trabajan o de obras no realizadas ¿Algún día nos daremos una idea de cuántos van al descrédito o a la cárcel por obedecer órdenes que no debieran y de quién no debieran?

La ley delimita el campo de cada quién, acatar las fronteras institucionales es tónico político para el que sabe gobernar.

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