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Hablando de mujeres y elecciones

Hablando de mujeres y elecciones

J. Luis Medina Lizalde

   |  9 noviembre, 2020

José Luis Medina Lizalde

José Luis Medina Lizalde.

Los lineamientos que obliga a los partidos políticos a nominar cuando menos a siete mujeres como candidatas a gobernar en 15 estados que renovarán Ejecutivo en el 2021, hará que haya inesperados desenlaces, y en algunos casos turbulencias. Dentro de todo, la medida permite vislumbrar que el sistema electoral mexicano, con todo y sus múltiples carencias, se orienta a erradicar, cuando menos en las formas, una de las grandes inequidades; la de géneros, contrastando con el primitivismo del sistema electoral norteamericano, cuyas bases provienen de los inicios de la independencia de ese país, en donde fueron los grandes propietarios de esclavos los que diseñaron las reglas para que el poder público se disputara entre oligarquías, tal como ahora lo vemos, a pesar de tanto “fan” fruto del influjo mediático.

La lucha de las mujeres por acceder al voto y a cargos públicos tiene una larga historia, pues a pesar de que siempre han participado en las luchas de los pueblos, han padecido la cultura de la exclusión que domina al mundo y que reproducen incesantemente las grandes religiones.

En México la elección de Griselda Álvarez como gobernadora de Colima fue un ensayo exitoso, pero silenciado; en Zacatecas, el ímpetu participativo habrá de reconocer el papel de la pionera Aurora Navia Millán, quien fuera senadora de la República por nuestro estado en pleno monopolio político de los machos y desde luego, el hito político que significa el arribo a la presidencia municipal de Zacatecas de Belén Márquez, en la década de los 40 del siglo pasado.

Avance político, rezago social

A las mujeres les llegó mucho más tarde que a los hombres el acceso a la educación en general, y específicamente a la educación superior, donde ahora participan hasta con ventaja numérica en varios casos; sin embargo, persiste la desigualdad salarial entre hombres y mujeres con el mismo trabajo, la violencia doméstica, la cosificación del cuerpo femenino en la industria comunicacional, el reclutamiento forzoso para el negocio de la prostitución, el aborto clandestino con toda su carga de riesgos, la discriminación laboral por embarazo y entre otros muchos males, la horrenda dinámica social de feminicidios. En todos estos temas, la indefensión de la mujer es propia de un país salvajemente macho.

En donde sí se advierta un enorme progreso de las mujeres en sus derechos políticos, el discurso político machista no tendrá éxito, ante un electorado integrado mayoritariamente por ellas.

Un actor político acusado de misógino resentirá más el daño en su imagen, que uno acusado de ladrón.

Las reformas legales orientadas a afianzar el rol de las mujeres en la vida de México les brindan ventajas procesales contundentes, como el principio que les otorga la “Presunción de veracidad” en sus querellas; sin embargo, el progreso de las mujeres en cargos políticos no se ha traducido en avances de la situación de las mujeres en general, especialmente de las pobres y las indígenas.

La razón del rezago de la agenda social de las mujeres es muy sencilla, ellas constituyen un universo político diferenciado, con valores inclusive opuestos en muchos temas respecto a su situación social. Basta repasar los votos femeninos en las cámaras para registrar posturas irreconciliables en cuanto al aborto, las pensiones alimenticias, los programas sociales, la cuestión salarial, el régimen de salud, la gratuidad de la educación, el laicismo, entre otros.

En el honor no importa el sexo

El desempeño de las mujeres en la vida pública es igualmente diferenciado. La historia registra brillantes desempeños al lado de testimonios de ineptitud flagrante, de ejercicios éticamente intachables y otros plagados de corrupción, inclusive a mujeres con idéntico discurso feminista encarnando lo opuesto; una Rosario Robles dando cuentas de su desastroso (hasta para ella) empoderamiento y una Claudia Sheinbaum en la privilegiada espera al cargo mayor de la República por méritos propios.

La disposición del INE trastoca planes y modifica dinámicas, México se adentra en “la mitad en todo” de ambos géneros en la institucionalidad pública. Será para bien y abrirá paso a una sociedad más igualitaria, aunque en lo inmediato habrá desacomodos y reacomodos. Cada partido o coalición escogerá a los estados en donde cumplirá la cuota de candidatas mujeres de cuando menos siete, las direcciones nacionales modificarán su escala de prioridades electorales en función de sus posibilidades de victoria y del peso de la entidad en el conjunto.

Para la población de cada estado, el dilema no solo será entre candidatos hombres o mujeres. La oferta electoral será mixta. La ciudadanía tendrá la opción de elegir a quien lucha contra la corrupción e ineptitud en lo local o favorecer con su voto a quien encarna más de lo mismo.

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