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Clasismo y brutalidad policíaca

Clasismo y brutalidad policíaca

J. Luis Medina Lizalde

   |  8 junio, 2020

José Luis Medina Lizalde

José Luis Medina Lizalde.

No nos equivoquemos: Los cuerpos policíacos municipales reflejan al Presidente Municipal, los cuerpos estatales al gobernador y los cuerpos policíacos federales al presidente de la República.

Todos los gobernantes del mundo corren el riesgo de actos brutales de sus policías, la diferencia entre unos y otros estriba en la reacción ante esos hechos. Trump y Alfaro detonan la indignación ciudadana por la irresponsabilidad política con la que asumieron los hechos y desde luego por el contexto en que se ubican los acontecimientos. Como políticos no entendieron que cuando la pradera está seca, la chispa la incendia y evidentemente que la emergencia mundial secó los pastos de todas las praderas país por país. Recurrir al discurso autoritario para que todo mundo use cubrebocas ante las crisis, es hacerle al aprendiz de brujo. La brutalidad con la que fue asesinado un ciudadano negro en los Estados Unidos es otro grano llenando el buche, los disturbios de los indignados son frecuentes y así seguirá mientras no se entienda que el racismo es una cultura en los Estados Unidos. En la guerra de Secesión los del Norte eran tan racistas como los del Sur, solo que su economía demandaba la liberación de los esclavos para disponer de mano de obra asalariada, algo totalmente prescindible en los campos agrícolas del Sur, el racismo siguió como trasfondo cultural hasta que la acción de estado eduque, equilibre y propague valores igualitarios.

La brutalidad policíaca es una constante desde que México es México, entre nosotros no es el racismo el trasfondo cultural, es el clasismo, son los pobres los que la padecen. Los mexicanos crecimos oyendo que cuando se habla de gente de bien frecuentemente se habla de gente rica. Los clasistas desprecian al humilde joven que recibe una beca integrándolo a un espacio laboral para aprender, lo llaman “nini” los incapaces de cambiar con sus propias manos la llanta ponchada de su auto de lujo. Los que no se enferman de ambición son calificados de “mediocres”.

Somos el país de “cómo te ven te tratan”, del “cuánto tienes cuánto vales… nada tienes, nada vales” y del “político pobre, pobre político”.

Pedagogía de menosprecio a la ley

Existe la brutalidad policíaca cínica, como la de los asesinos del albañil arrestado por no usar cubre bocas en Jalisco y la brutalidad policíaca discreta, la que consiste en crueles tormentos en las mazmorras, electricidad aplicada en genitales y “tehuacanazos”.

La brutalidad discreta es más feroz y más difícil de detectar, pero la misma no existiría sin la aprobación de funcionarios de traje y corbata del ministerio público y jueces, médicos legistas y abogados litigantes que prefieren fingir que no lo saben. Es en el ejercicio de la brutalidad ordenada y tolerada por “gente de bien” la que constituye el aprendizaje básico del policía para poner sus habilidades al servicio del que bien le pague, se le enseñó a despreciar la ley en los hechos y a respetarla de boca para afuera.

La cultura del clasismo borra en la mente colectiva la distinción entre fortuna bien habida y fortuna mal habida. Los que su fortuna es asociada al despojo de tierras, a la evasión fiscal, a los sobornos para tener contratos con el gobierno, al lavado de dinero procedente del narcotráfico no pierden por eso su membresía de socios de clubes de millonarios ni invitaciones a fiestas de la élite, mientras no caigan en desgracia.

Los policías le toman la medida al ser testigos de cómo los abusos que cometen algunos se archivan sin resolver por la intervención de un poderoso. También saben que un político con fama pública de tratar con narcos y lavar dinero, han accedido a cargos públicos de manera indefinida. Al policía se le educa en el menosprecio a la ley y en la oportunidad de impunidad, démonos de santos que la mayoría se abstiene de sumergirse por su propia voluntad en la espiral de degradación.

Aprendan de Claudia

Años y años de autoritarismo y corrupción nos heredaron cuerpos policíacos descompuestos, lo que no inquieta a minorías ricas. Se saben inmunes a esos riesgos.

Los gobernantes tampoco se inquietan cuando las víctimas, por su modesta condición, carecen de la capacidad de hacerse oír que tienen los ricos, el clasismo es contundente.

Cada gobernante tiene que hacerse cargo de sus policías, estado por estado, municipio por municipio.

Claudia Sheinbaum, asume la responsabilidad política del salvajismo policial capitalino contra una adolescente.

La furia ciudadana no se habría desatado si Alfaro no reacciona como enloquecido culpando al presidente de la República, secundado en su extravío por un Dante Delgado desesperado por el naufragio político de su delfín, un homicidio policial como hay tantos cada mes.

Nos encontramos el jueves en El Recreo

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