

Todo el proceso de registro de un bebé y el comportamiento “accesible” del personal que atiende.
Para registrar al bebé en ese viernes, allá en Fresnillo, nada pudimos resolver ella y yo: nos faltaban los documentos que en el hospital general “José Haro” nos habían dado al día siguiente del parto, y mi esposa había olvidado su credencial de elector en la casa de sus padres, en Mexiquito, Huanusco.
En ese fin de semana tuvimos que viajar, entonces, al Cañón de Juchipila. Allá recogimos la identificación, que sobre el buró parecía mirar con tranquilidad al techo polvoso de ese cuarto al fondo de la casa.
Ya en El Mineral, el lunes, segunda jornada de intentona, llegamos al edificio rojo a las 12:09, más de 20 minutos después de haber entrado a esas calles, debido a la falta de estacionamiento en el centro de la ciudad.
Una burócrata malhumorada ―vestido floreado, collar de perlas amarillentas― nos dijo que nigüas: “La documentación es recibida sólo de 8 a 12. Ni un minuto más”. Otra vez bajábamos escaleras, abrazando bien a la criatura de casi dos meses.
El martes despertamos a las 6:30 de la mañana. Antes de dormir, habíamos acordado que en esta ocasión iría yo solo con el niño. Cambié pañal al bebé, le puse ropa limpia, ella me pasó un biberón recién preparado. Subimos a la criatura, dejé a mi esposa en la universidad. A las 7:32, la vieja Ram Charger verde rugió en su salida al centro, otra vez al Registro Civil.
Ahora me había sido más fácil encontrar lugar para estacionar. Dentro del bambineto, el bebé dormía. Cargándolo, entré al edificio, subí las escaleras. Sólo una señora se paraba frente a la puerta negra a las 7:44. Platicamos sobre la cerrazón de esos burócratas y las cuatro inútiles vueltas que ella tuvo que aventarse tan sólo en el día anterior. Y es que siempre faltaba algo, se les había olvidado decirle algo… En fin.
La primera burócrata llegó a las 8:02. Abrió, entró, cerró. La segunda, a las 8:06. A las 8:08 nos dejaron, por fin, entrar.
Éramos seis personas y cuatro bebés. Nos formamos y ellas serias. “¿No van a atendernos?”, dijo un joven padre de familia. “Ahorita que llegue la de Caja. ¿Sí nos espera?”, soltó una de ellas con voz fingida, sobre todo en las tres palabras finales.
La de Caja llegó a las 8:16. Un minuto después, revisaron mis documentos. “Ahora sí todo está listo. Nomás espéreme a que llegue la de los Recibos, porque ella es la que trae la llave”.
La de Recibos entró, lenta y sin saludar, a las 8:23. Nos miró con la cara de la gárgola más seria, pero repentinamente cambió expresión al abrazar a sus compinches detrás del mostrador.
Platicaron de unos zapatos Andrea muy monos, de quiero una blusa como la de Jennifer López y luego te digo qué más, entre reojos a nos, los usuarios impacientes.
“La de los Recibos” sacó un llavero y por varios segundos quedó viéndolo. Parecía niña que, al ser fotografiada, mira con detenimiento a su rosario de primera comunión.
Por fin avanzó ella hacia un archivero y sacó cuatro o cinco recibos rosas. Enseguida los extendió a la otra malhumorada que me atendía.
“Usted: Vaya al edificio que está pasando la calle y pague en la planta baja. Luego viene para lo que sigue”.