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Una mamá ecuánime

Una mamá ecuánime

Huberto Meléndez Martínez

   |  8 octubre, 2019

Huberto Meléndez Martínez.

Con singular reconocimiento a la doctora Aída Liliana Solano García.

Cuando mamá y papá experimentan la angustia de no saber hacerse entender con sus hijos, al pretender orientarlos por el camino del estudio, aparece la impotencia ante la falta de aceptación de argumentos de sus vástagos. Ejemplifican con situaciones de familias lejanas, pero también de vivencias en contextos inmediatos, de amigos, vecinos y compañeros de trabajo.

Uno de los múltiples casos fue un joven que, después de cavilar creyó que la única vía de resolver la situación en su hogar, era dejar de estudiar. No sería el primero ni el último, conocía a muchos jóvenes que andaban por su entorno sin asistir a la escuela.

Era desesperante la limitación económica que creía tener, sin imaginar que una gran parte de sus compañeros de generación pasaban por una mayor adversidad, no sólo material, sino afectiva, social y en algunos casos hasta intelectual.

El fondo del problema era su dificultad para aprobar Lógica, en el último semestre del bachillerato. Una antipatía inexplicable con el maestro de la asignatura lo bloqueaba reprobando los exámenes parciales. Tuvo la valentía de confiar en su madre exponiéndole su falta de comprensión en la materia. Juntos buscaron asesoría con profesor universitario. Estudió con ahínco para la evaluación extraordinaria, donde el resultado potenció su angustia.

Quedaba una última oportunidad, pero desanimado se resistía a volver a presentar. En su inmadurez creyó conseguir solidaridad en la casa, pero la firmeza de su progenitora le acorraló con dos sentencias inamovibles: “en esta casa se estudia o se trabaja” y “lo que se empieza se termina”.

Ella, pretendiendo cubrir un flanco importante acudió a la escuela y pidió que la revisión de la prueba quedara a cargo de la academia de matemáticas. La coordinadora del área objetó, considerando indigna la petición, porque ponía en evidencia la capacidad profesional del catedrático, pero accedió luego de conocer las circunstancias y consultó con las autoridades.

El resultado asignado por el colectivo fue excelente, pero el titular registró la mínima calificación aprobatoria. El concepto sobre del profesorado quedó más deteriorado en su percepción. Lo peor que le puede suceder a un mentor es decepcionar a sus pupilos. Para su mamá el número era irrelevante; sabía que lo importante era que su hijo comprobó disponer del conocimiento suficiente para entrar y cursar una carrera universitaria.

No quiso asistir a evento alguno de los organizados por sus compañeros, con motivo de la graduación. Al verlo flaquear, su mamá planteó un desafío; ambos proseguirían los estudios. Él cursaría la licenciatura, mientras ella estaría en un doctorado en investigación educativa. Mientras uno se preparaba en la guía de admisión, ella en el examen de suficiencia como investigadora (documento necesario para corroborar que está preparada para entrar al posgrado).

Cuando los adolescentes abandonan sus estudios por una experiencia similar, queriendo resolver “saltan de la sartén al fuego”, porque la fijación de fracaso escolar les acompañará el resto de la vida.

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