|  

Tú eres tu propio maestro, el futuro está en tus manos

Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email
Gerardo Luna Tumoine.

Los seres humanos somos inteligentes y podemos prestar atención a nuestras mentes. Si nuestras mentes son ingobernables, tendemos a hacer daño y sufrir las consecuencias. Si domamos nuestra mente, seremos felices. Si hacemos el bien, cosecharemos buenos frutos, pero si no lo hacemos, no hay nada que se pueda hacer al respecto. Por tanto, que experimentemos felicidad o sufrimiento depende de nosotros.

Todas las tradiciones espirituales nos enseñan a disciplinar nuestra mente, a través de la oración, que es una calma mental, pero recordemos lo que dice San Pablo, “una fe sin obras no tiene sentido” no basta rezar, sino trabajar con la mente y reflexionar sobre cómo lograrlo.

Los científicos observan que somos animales sociales, que dependemos de nuestras comunidades, por lo que el amor y la compasión por los demás son importantes. Al principio de nuestras vidas, nuestras madres nos nutren con cuidados y afecto, pero más tarde olvidamos que dependemos de los demás y buscamos sacar lo mejor de ellos. Llevamos una vida muy ocupada y prestamos menos atención de la que deberíamos al simple amor y afecto por los demás.

El principal obstáculo para mostrar amor y afecto a los demás es nuestra predisposición a ser egoístas. Esto, a su vez, se basa en nuestra fuerte inclinación a ver a las personas y a las cosas como si existieran inherentemente desde su propio lado. La física cuántica observa que aunque los fenómenos parecen existir objetivamente, en realidad no es así. Además, vemos a algunas personas como queridas y a otras como hostiles. Nos apegamos a los que nos son queridos y sentimos aversión por los otros. Sin embargo, estas etiquetas y categorías no existen objetivamente como parecen.

No solo nos alegramos, sino que también necesitamos estudiar y poner en práctica lo que leemos y oímos en las enseñanzas por estudiar filosofía, razón y lógica, sino también por ser capaces de integrar lo que aprendemos en nuestro interior, en lugar de limitarnos a seguir una fe sin obras y ciega. Lo importante es que la comprensión de las enseñanzas del dios en que creamos, no depende de la fe ciega, sino de la razón. Solo así podemos convertimos en nuestros propios maestros.

Don`t copy text!