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24 de septiembre

24 de septiembre
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Huberto Meléndez Martínez.

*Dedicado a Betsy, Alejandra y Olivia, por las atinadas revisiones semanales de mis artículos.

Creo que ya entendí sobre las sugerencias que me ha hecho para armonizar el conjunto de compañeros a mi cargo”, fue la expresión de un jefe en mandos intermedios de una dependencia constituida meses atrás y se afanaba en adquirir una identidad determinada, distinta a otras.

El receptor, buscó en sus recuerdos sobre algún tema análogo al que hacía alusión. Quiso preservar ecuanimidad y lo invitó a tomar asiento para escuchar su explicación.

Se refería a que reiteradamente habían comentado sobre las dificultades existentes en la armonización de un colectivo de trabajadores en su área, constituido apenas unos meses atrás.

Había problemas de falta de puntualidad en varios de sus compañeros y después de implementar mecanismos de control, como la instalación de un reloj checador, luego se pensó en un registro digital con código de barras en el gafete y soñando con un detector de huella digital.

El argumento de aquellos era la flexibilidad que establece el Reglamento Interior, donde se expresa que tenían tolerancia de 10 minutos en la hora de entrada. Tolerancia que a juicio de los directivos debía aplicarse en situaciones esporádicas, pues el inicio se labores, como estaba establecido en las políticas de funcionamiento de la institución, era a las siete, no a las 7:10 hrs,

Cuando la problemática es por un asunto tan elemental, entran en conflicto otras cuestiones medulares como la eficiencia en el servicio, cumplimiento de las funciones específicas, disponibilidad para atender situaciones imprevistas o urgentes e incluso atender acciones extraordinarias.

La solución estuvo en la formación profesional donde los colaboradores adquirieran una mejor dimensión laboral como el privilegio que puede representar el tener la seguridad de un empleo.

Existe una creencia popular sobre los mexicanos y en general, los latinos, tenemos dificultad para trabajar en equipo

Esa hipótesis es dolorosa e incómoda, porque la vigencia de las virtudes cultivadas dentro del hogar, aunada a la capacidad y el talento de las personas apunta hacia posibilidades a favor.

Probablemente la inculcación de ayuda, solidaridad, generosidad, deban también armonizarse desde temprana edad, en las familias, las escuelas y en el entorno cercano a las personas, a fin de contar con una formación sensible a la colaboración en grupo.

Una frase célebre atribuida a San Alfonso dice: “Para vivir tranquilo se necesitan cinco cosas: un vaso de ciencia, una botella de sapiencia, un barril de prudencia, un lago de conciencia y un mar de paciencia”.

Una meditación cuidadosa puede dar la razón y la afirmación podría aplicarse también en las cualidades de un dirigente o líder de grupo.

Un elemento de análisis sobre el actual modelo de vida arroja resultados que dan cuenta del por qué existe esa limitación para colaborar en equipo: las situaciones familiares, escolares o sociales potencian el reconocimiento individual, privilegian el éxito de la persona, el culto en singular, que lamentablemente se aleja de la competencia y se convierte en egoísmo.

* Director de Educación Básica Federalizada.

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