Se vale estar enojado pero no odiar - Imagen Zacatecas

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Se vale estar enojado pero no odiar

Se vale estar enojado pero no odiar

Eduardo Ruiz-Healy

   |  11 agosto, 2020

Eduardo Ruiz-Healy.

Un seguidor de alguna de mis redes sociales me preguntó hace unos días: “¿Por qué odias a López-Gatell?”.

Mi respuesta a la pregunta fue: “No lo odio”.

Esta no fue la primera vez que alguien me acusara, con base en las opiniones que expreso, de odiar a alguien.

La primera vez fue hace quién sabe cuántos años cuando, al estar caminando en un centro comercial, un adolescente de unos 12 o 13 años se me acercó y me preguntó si podía hacerme una pregunta de parte de su papá, que estaba a unos metros de distancia.

Se me hizo extraño que el adulto enviara a su hijo, pero le contesté que sí, que me hiciera la pregunta, que resultó ser: “¿Por qué odia a López Obrador?”.

Al adolescente le contesté, asegurándome que me escuchara su padre miedoso: “No lo odio y no odio a nadie; no estoy de acuerdo con sus propuestas y la manera en que hace política, eso es todo. No es un asunto personal sino de tener diferentes puntos de vista que los de él”.

Y lo mismo puedo responder tratándose del funcionario que califico como el “charlatán menor” de la Secretaría de Salud, siendo su jefe, Jorge Alcocer, el “charlatán mayor”.

Aquí vienen al caso unas definiciones y, como siempre, me refiero a las que proporciona el Diccionario de la Real Academia Española.

Charlatán. La tercera acepción que se anota en el diccionario es “embaucador”, que significa “alguien que embauca”, entendiéndose como embaucar el acto de “Engañar o alucinar, prevaliéndose de la inexperiencia o candor del engañado”.

Odio: “Antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea”.

Hasta ahora es evidente el fracaso de la estrategia diseñada por ambos funcionarios para enfrentar la pandemia de COVID-19, como también es indudable que ambos insisten en decir que todo va bien, pese a los casi 60 000 muertos que desde el 20 de marzo ha causado el nuevo coronavirus. Los dos se empeñan en engañar, “prevaliéndose de la inexperiencia o candor” de millones de mexicanos que creen todo lo que les dicen ellos y su patrón. Es decir, son embaucadores o charlatanes, prefiriéndose este término cuando se trata de médicos que se aprovechan de la ignorancia y buena fe de sus pacientes para proporcionarles tratamientos que no necesitan.

En lo que a odiar a los dos charlatanes se refiere, nada puede ser más ajeno a mis sentimientos porque con toda sinceridad puedo afirmar que no les deseo mal alguno. No los conozco personalmente y al charlatán menor lo entrevisté en una sola ocasión, al principio de la pandemia, cuando aún su frágil ego no sucumbía a los placeres que otorgan el poder y la fama.

Lo único que deseo para ambos es que sean cesados para que su patente ineptitud no le siga causando daño físico o hasta la muerte a miles de mexicanos.

También deseo que algún día sean muy pocos los que confundan una crítica, que se hace con el ánimo de mejorar al país, con un sentimiento tan negativo como el odio, que solo acaba corroyendo el espíritu de quien lo siente.

Se vale estar enojado con tantos gobernantes y funcionarios que a lo largo de décadas han contribuido a arruinar al país; criticarlos con razones bien fundadas; exigir que muchos de ellos sean juzgados por los daños que causaron. Pero odiarlos no contribuye en nada al bienestar del país y menos al espíritu de las personas.

Twitter: @ruizhealy

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