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Sala 1

Compartiendo la esperanza en las salas de espera del Covid-19.

Sigifredo Noriega

   |  7 septiembre, 2020

Sigifredo Noriega Barceló.

Recibo la noticia…

Eran minutos después de las cinco de la tarde.

Estaba en casa, solo, tranquilo con la rutina aprendida y practicada desde la tercera semana de marzo.

Me preparaba para enviar el audio de La alegría del Evangelio del día siguiente.

Escucho por teléfono la voz segura del mensajero de ¿buenas noticias?

Al grano: has dado positivo.

Detengo la respiración para probarme que respiro normalmente.

Guardo un silencio vacío, distraído, sin profundidad, sin tiempo.

Otra vez escucho la voz del mensajero para darme instrucciones de los ‘días después’, el protocolo a seguir.

(A propósito del servicio del mensajero: ¡qué tarea tan complicada! Recordé los días aquellos cuando era escogido para dar ciertas noticias que nadie se atrevía a dar y nadie quería escuchar).

Desde el momento en que se retira/apaga aquella voz, titubeo durante un rato, intento encender la mía.

El silencio comienza a rumiar lo escuchado y lo que está pasando en los apartamentos de mi ser.

No hallo por dónde empezar.

Intento otra vez…

Parece ser que los sentimientos, emociones y pensamientos intentan bloquear las calles y avenidas del razonamiento.

(Recuerdo que mi mamá decía en momentos de confusión y de miedo lo que aprendió en el catecismo de Ripalda, pero en negativo: no tengo memoria, ni entendimiento, ni voluntad).

Empiezo hurgando en la memoria de los últimos días tratando de buscar responder a las preguntas iniciales: dónde, quién, cómo, cuándo, cuánto tiempo…

Ya tenía algo del ‘qué me está pasando’, confuso y desconcertante, todavía.

Ahí estaba aunque lo pretendiera disimular o negar.

La confusión y el desconcierto duraron el resto del día.

La tormenta anunciada, vista y vivida por otros me había llegado y me tomaba de sorpresa.

¿Qué voy a hacer ahora? ¿A quién le digo? ¿Qué va a pasar? ¿Pena de muerte? ¿Es el fin?

Rezo el rosario y la liturgia de la tarde-noche, distraído, disperso, con sentimientos encontrados.

Señor, ¡sálvame que me ahogo!, grité, sin la fe que mueve montañas.

Pensaba solo en mis miedos, intereses, agendas, posibles pérdidas.

Me da pena confesarlo: en ese momento no tuve en cuenta a los miles de personas y familias que habían pasado por similares tormentas. Así me fui a dormir.

Obviamente el sueño se fue a pasear a otro lado.

Me despierto en la madrugada con la mente en blanco, los ojos secos y un futuro incierto y, quizás, tenebroso.

Me levanto, veo todavía la oscuridad de la noche, doy unos pasos, pido luz al que es La Luz, ahora con una fe del tamaño de la mitad de un grano de mostaza.

Inmediatamente me envía a la escuela de su Huerto de los Olivos…

Contemplo al Señor y Maestro, orante, sudando, negociando, muy humano, demasiado humano…

Me quedo buen rato contemplando aquella escena desconcertante pero luminosa.

Con esa experiencia regreso a mi huerto con otra visión del momento y del futuro próximo.

Me siento confortado, consolado, dispuesto a aceptar lo que el Huerto de mis Olivos podía llegar a ser; padecer al estilo y de la mano de Jesús; compadecerme al estilo de Jesús y abrir los brazos para abrazar a todos los dolientes, compañeros de camino.

Ya no estaba solo, Jesús y su gente me acompañarían.

Acepté no ser la víctima 5552, en Zacatecas, nada más.

Con el Señor Jesús se abre la puerta de la esperanza.

Hacer del viacrucis una ofrenda de amor es el camino de la luz.

Reflexiones del señor obispo Sigifredo Noriega Barceló, desde el Covid 19.

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