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Respeto, en extinción

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Simitrio Quezada.

Curiosa es la etimología de la palabra “respeto”. Al latino “spectus”, mirada, los romanos agregaron el prefijo “re”: volver a. Si bien puedes encontrar a diversas personas en el día tras día, sólo a quien respetas “vuelves a verlo”, lo consideras, le das un trato bien pensado.

Se respeta a aquello que nos ha formado y también a lo diferente. Se respeta lo que otro ganó por la buena, se respeta una trayectoria. Se respeta una religión que no profesas, incluso una militancia que no es compartida.

Antes se respetaba a tres entes importantísimos en la cultura mexicana: “en este país no te metes con la Guadalupana, el presidente y el Ejército”, se decía. Pobre de ti donde faltaras a uno. Con todo, las nuevas generaciones han llegado a trastocar las cosas. Se acabó el respeto y también fue acaso por el deterioro de éstas y otras instituciones.

Se acaba el respeto al médico, al docente, a la autoridad. Se acaba el respeto al sacerdote, al comunicador, al comerciante. Se acaba el respeto a los derechos de otros, y eso preocupa más.

Tan malas están las cosas que ahora algunos gobernantes son los primeros que diariamente insultan, dividen, ponen apodos a los contrincantes o incluso a los propios adeptos.

Tan malas están las cosas que ya entre compañeros de trabajo no hay respeto ni a los roles de cada cual, ni a los instrumentos de trabajo, ni a las cosas personales, ni a la vida personal del otro. Insistimos en que se respeten los derechos del discapacitado, de la mujer, del marginado, del que tiene menos oportunidades que nosotros… cuando en realidad ni siquiera hemos aprendido aún a respetar los derechos de nuestros iguales.

Respetar se ha vuelto una actividad muy anticuada. Dirían algunos jóvenes que eso ya es muy old fashion, muy out. Se desvanece la marca que distinguió a muchas generaciones duras, sí, pero con la dureza que implicaba una garantía de fortaleza. No existíamos hijos que nos atreviéramos a fumar delante de nuestros padres, a decir palabras altisonantes, ni siquiera a hablar mal de otras personas.

Respetar, mirar al menos dos veces a otros, es un distintivo en proceso de extinción.

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