

Se insiste en que los nuevos tiempos y su vorágine de adaptaciones obligadas exigen que los docentes no sean más meros transmisores ni acatadores del conocimiento.
La historia ha mostrado que no bastan ni la buena voluntad ni los buenos discursos ni las buenas planeaciones de los profesores para mejorar los procesos de formación y enseñanza-aprendizaje de los alumnos en las aulas y los centros escolares.
Se insiste en que los nuevos tiempos y su vorágine de adaptaciones obligadas exigen que los docentes no sean más meros transmisores ni acatadores del conocimiento, sino también marcadamente generadores y transformadores de él.
En efecto, se ha insistido en que todo docente debe repensar, contemplar y visibilizar la tarea de formar, como dicen las colombianas Claudia Moreno y Luz Molano, “profesionales creativos, generadores de soluciones, emprendedores y proactivos” para los nuevos escenarios: los actuales tan desafiantes.
La vanguardia educativa se cimenta en el gradual abandono a la mera mecanización. En el sistema educativo mexicano prevalece también el sistema de evaluación con arábigos del 0 al 10, donde la calificación reprobatoria es 5 ó 6 o, en casos de instituciones educativas que se precian de evaluaciones estrictas, 7 u 8.
Tal visión tradicionalista, mnemotécnica y maniquea deja marcados estragos en los alumnos, sobre todo en los que eventualmente se convierten en profesores y pueden repetir ese patrón. La mala formación académica deja profesores caracterizados por un mal modo de impartir clases.
Por ello hay mal aprendizaje que remarca en los egresados de educación superior la mala redacción. Debido a ella persiste una mala comunicación, que tiene como consecuencia una mala cultura de comunicación escrita. Todo eso abona, nuevamente, a una mala formación de profesores. Es un círculo vicioso. De esta generación depende que el legado ya no continúe cargando tales defectos.
Frente a la simplificación de medir la inteligencia incluso mediante escalas, el Diccionario de la Real Academia Española consigna en la tercera definición de la palabra “proceso”: Conjunto de las fases sucesivas de un fenómeno natural o de una operación artificial. En este caso, la operación artificial pertinente es la redacción.
Aboquémonos más a la redacción entendida como recolección de ideas, esquematización y composición mediante elaboración de borradores. También privilegiemos la corrección de textos: repensar y reescribir lo que se asienta sobre el papel o la pantalla.