

En el caso de los métodos más informales, persisten dinámicas donde se prioriza “dar vuelo a la imaginación”, hacer listas de palabras, “buscar inspiración/invocar a la musa”.
Como en una gran gama de grises, los diversos modos de enseñar a redactar en las escuelas mexicanas de todos los niveles educativos no han logrado alejarse de la añeja preceptiva incuestionable, dogmática e impositiva. En efecto, distan aún del nuevo conocimiento debatible, “construible” y remoldeable (que se aleja de la gramática prescriptiva para acercarse más a la descriptiva), tan necesario para hacer avanzar al pensamiento de los educandos.
La realidad muestra, respecto a la enseñanza del ejercicio de la escritura como actividad creativa y generadora de contenido, que en el sistema educativo mexicano prevalecen didácticas transmisivas y con prácticas mecánicas; o de plano sin sustento académico y apuntando más hacia la cursilería (e incluso la pedantería), en aras de un mero “espíritu de la composición”.
Tales didácticas se mueven ora en el extremo de la imposición, ora incluso en el de un lirismo por demás caprichoso. Aunque sea difícil de creer, persisten en nuestro país y en el siglo actual diversos enfoques por los que se privilegia a los dictados sin razonamiento alguno, así como al acatamiento de preceptos gramáticos sin explicar ni ahondar en sus motivaciones, contextos y orígenes.
También se confirma la consigna de que los alumnos de redacción emprendan ejercicios muchas veces imprácticos. Se busca que fuera del aula emprendan tareas excesivas. Incluso se privilegia las paráfrasis sugeridas a profesores y alumnos para que todos ellos enseñen/aprendan a redactar.
En el caso de los métodos más informales, persisten dinámicas donde se prioriza “dar vuelo a la imaginación”, hacer listas de palabras, “buscar inspiración/invocar a la musa”, improvisar textos a partir de prácticas mal dirigidas de “escritura automática”, teatralizar un texto leído y redactar tras meditar una canción o un poema o mientras se escucha música clásica.
Incluso se ha llegado, dentro de prácticas cursis, a “rituales”, como si la escritura fuese un acto mágico o sobrenatural.
Respecto a esto último, pululan textos con títulos como 20 consejos para escribir mejor, que postulan “sé auténtico”, “apaga tu celular” y “antes de escribir asegúrate de encontrarte en un ambiente relajante que invite a la inspiración”.
Encontramos también títulos como 10 consejos para escribir mejor, que insiste vagamente en que “el poder de la escritura no tiene límites”; o 20 consejos para escribir mejor cada día, donde se aconseja que el redactor debe comer y dormir bien, crear su “ritual de escritura” y recordar siempre por qué empezó a escribir.
Lo más preocupante de estas didácticas informales es que, como se ha detectado dentro de aulas de educación superior, algunos profesores de clases de “expresión escrita” y talleres de lectura y redacción insisten en introducir como canónicos a textos preceptivos de este tipo (y tornar las dinámicas de redacción en cuasi experiencias con fondos musicales, inciensos, pies descalzos y ojos cerrados, alejándose del conocimiento propiamente validado).
Es necesario que las autoridades educativas, sobre todo en las instituciones formadoras de docentes, replanteen sus procesos de enseñanza de la producción de textos escritos, con más madurez que prejuicios y meros intereses políticos y/o exclusivos.