

Hablo de libertad de expresión que también puede ser libertad de extorsión. Hablo de prostitución en el periodismo, y que se ofenda quien deba hacerlo.
En “Pantaleón y las visitadoras”, de Vargas Llosa, aparece “El Sinchi”, periodista o más bien comentarista en una radioemisora. Él se define como “terror de autoridades corrompidas, azote de jueces venales, remolino de la injusticia, voz que recoge y prodiga por las ondas las palpitaciones populares”. Su línea editorial es cambiante, acomodaticia, reflejo de viscerales presentadores de noticias que se indignan o “desindignan” a conveniencia.
El Sinchi ofrece al capitán Pantaleón: “Podemos ser buenos amigos. Yo creo en las amistades a primera vista, mi olfato no me falla. Quiero servirlo”. Ese “Quiero servirlo” resuena en localidades de México a través de labios sibilantes de muchos Sinchis contemporáneos que hacen negocio fácil poniendo en renta sus palabras o, de plano, extorsionando mediante cobro de alevosos convenios. El vocablo para definir esta actividad es prostitución: “Dicho de una persona: Deshonrar, vender su empleo, autoridad, etc., abusando bajamente de ella por interés o por adulación”. No es lo mismo vivir del oficio periodístico que ser un vividor de él.
El oficio de la comunicación es tan diverso que se da el caso de profesionistas que no encuentran empleo y se hacen periodistas (cualquier cosa que esto signifique). Incluso un profesor de bachillerato denigraba al “oficio más bello del mundo”, como lo llamaba García Márquez, al pedir a alumnos: “Estudien mucho: no quiero que terminen como reporteros”.
Hablo de libertad de expresión que también puede ser libertad de extorsión. Hablo de prostitución en el periodismo, y que se ofenda quien deba hacerlo. No me instauro como juez: soy sólo alguien que desde hace tiempo se ha sentado sobre los escalones que rodean la plaza y ha apreciado el panorama variopinto. Veo en mi comunidad a quienes día tras día intentan ganarse el nombre de periodista o comunicador, pero también a muchos que ostentan tales autodesignaciones y al tiempo reparten manotazos por conseguir boletos gratis para futbol o palenque o la invitación a comer y brindar con el diputado en el restaurante de cortes finos. Veo en mi comunidad a quienes jornada tras jornada se resisten a caer en el “chayoterismo” y rechazan los sobres amarillos, pero también a mañosos que lamentan que este año el funcionario se volvió más pichicato en “el estímulo”.
Confieso que de pronto me llega la lumbre a los aparejos y entonces conocidos bien intencionados me preguntan por qué no fundo yo también una página de internet y busco un convenio publicitario con el gobierno. Respeto a quienes incurren en eso y sí alimentan a sus plataformas digitales con trabajos serios, incluso de investigación periodística, pero descreo de quienes contrataron a un diseñador web para solamente publicar todos los boletines oficiales sin cambiar ni una coma (generalmente mal puesta, por cierto) y todas las fotografías que consigna esa oficialidad.
Descreo de las voces de los Sinchis que me rodean y deploro el aumento de esta prostitución mediante micrófono o pluma. Sé que en casa hay bocas que alimentar. Repito: de repente éste que escribe también da a su familia estrecheces y resulta en extremo desesperante no encontrar un trabajo estable. Aun así, no considero adecuado que el alimento para los míos provenga de un arcón enviado con tarjetita o del tendencioso alquiler de aplausos y ataques en medios de comunicación.
Comprendo que la gran paradoja es que la generalidad de estos medios busca crear conciencia entre sus auditorios, aunque al tiempo debe procurar su financiamiento. Pero depende de uno, de la vocación y la actitud de uno en su calidad de comunicador, andar ofreciéndose como Sinchi cualquiera con la letanía de “Quiero servirlo”. Considero que el buen periodista que se precie de serlo busca preservar su dignidad a toda costa y no tasar su trabajo en razón de comidas o préstamos que tanto funcionario prestamista como reportero receptor saben que no se restituirá.
El buen periodista no se presta a la prostitución ni la extorsión. Los otros, sé que suena duro como dura es la realidad, pueden continuar en la conquista de dádivas, quizá para suplir el talento o integridad que no tuvieron… por no esforzarse para alcanzarlos.