

Es un círculo vicioso que fortalece la percepción pública de un mal gobierno, uno que termina convirtiéndose en calamidad para los gobernados.
Gobernar es tarea compleja, que implica articular poder, legitimidad y capacidad operativa. Cuando se gobierna con caprichos, se tiende a la tiranía. Cuando se gobierna con intereses ocultos, se tiende al abuso. Cuando se gobierna prestando oídos a unos pocos presas de sus intereses, se atenta a la democracia y el propio concepto de justicia.
Gobernar es decidir y actuar. Sin embargo, decisiones erradas y actuaciones equivocadas pueden generar ineficiencia. Y la ineficiencia en el servicio público ―que no es un fenómeno aislado, sino contextual― termina retroalimentándose y generando más ineficiencia. Es un círculo vicioso que fortalece la percepción pública de un mal gobierno, uno que termina convirtiéndose en calamidad para los gobernados.
Con mayor razón en la administración pública, la mejor guerra es la que puede evitarse. Es mejor prevenir el caos que resolverlo. O, como decía Jesucristo, es preferible ponerse de acuerdo con el denunciante mientras ambos van de camino al tribunal del juez.
También por eso debe cuidarse que los procesos no se atoren ni vayan lentos. Que no haya duplicidades, confusiones, ni desperdicio de recursos. Que no haya consejeros que aconsejan sólo para servirse ellos.
Lo ideal es que se privilegie el trabajo de equipo tanto como la comunicación en él. Las decisiones deben ser juiciosas, buenas, oportunas y, de ser posible, validadas por la colectividad. Deben buscar el máximo beneficio de la mayoría más grande posible.
Las decisiones deben, también, estar dictadas por el cerebro y avaladas por la corazonada, y no manejadas por la víscera o la entrepierna.
Si, para colmo, no hay una unión de equipo, cada remo se mueve en el agua con su propio ritmo y dirección, generando que la embarcación no avance.
Otro factor que lleva a la ineficiencia es la información incompleta, tardía, mañosa o producida a partir de suposiciones. La comunicación debe ser, por ello, fundamental y agotada en todos los detalles.
Siempre podrá más el trabajo de un equipo que el talento de un solo genio. La diversidad de capacidades y opiniones permite, incluso, una tensión que, aunque incómoda, terminará siendo favorable y permitirá un avance conjunto.
Cuando las autoridades no saben motivar ni valorar, cuando se dejan llevar por su bilis, cuando sólo excluyen, castigan y reparten gratuitamente odios, no hay trabajador que pueda mantenerse incólume ni leal. Tarde o temprano, incluso al llegar a la urna, alzarán el mentón y rechazarán el status quo para cambiarlo. Esa historia ya la hemos visto.
La fidelidad, de hecho, es camino con dos vías; camino de correspondencia. Cuando no es correspondida, se llama abuso. Entonces, el compromiso de quien da más termina por menguar. Y eso en aras de una justicia necesaria.
La ineficiencia deja, a fin de cuentas, un ciclo bastante pernicioso: de ella surgen los errores, que a su vez obligan a repetir las tareas. Esto se hace en medio de presión y/o desgano y resentimiento, lo que puede generar ―consciente o inconscientemente― más errores y, por tanto, más y más ineficiencia.
Cualquier conflicto puede, de hecho, tener origen en otro conflicto anterior o más pequeño. Por eso todo debe dialogarse, todo debe acordarse, todo debe resolverse. Pobre del gobernante que no escucha, no advierte, no ve y más bien se enfoca en lo fatuo, lo superfluo o lo que de momento le genera mayores dividendos. Puede estar creándose su propio rosario de caos.
La ineficiencia tiende a escalar y a generar más ineficiencia.