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Huberto Meléndez Martínez.

Dedicado cariñosamente a mi madre

Aquella fecha perentoria estuvo saturada de emociones y anhelos. El espacio en su pecho parecía insuficiente para su corazón, brincaba fuerte, quería salirse, golpeaba hasta la garganta. Quizá por pudor (o vergüenza), quiso aparentar serenidad atendiendo las actividades ordinarias en el hogar, pretendiendo ocultar su entusiasmo ante los probables juicios de la familia donde vivía, los cuales podrían serle incómodos. Ingenuamente creyó que no se darían cuenta, pero al asomarse frecuentemente a la calle, delató la intención de estar esperando algo o a alguien.

Cierto, era un día especial como lo es para toda novia ilusionada, ante la proximidad de recibir petición de matrimonio.

Por cerca de treinta años había vivido en una comunidad rural donde la principal actividad era la agricultura de temporal, cuya subsistencia se complicó por el fallecimiento de su papá. Madre e hija quedaron prácticamente en el desamparo. Dos hermanas menores ya habían hecho vida aparte, al igual que sus dos hermanos.

Una temporada se dedicaron a hacer tortillas a mano, superando las vicisitudes de ir al monte a cortar leña, cargarla atada con el rebozo y transportarla sobre la cabeza; lavar y planchar ropa ajena, resolviendo el acarreo del agua del estanque en un par de cubetas,  dando un millar de pasos en cada vuelta y desvelándose a la luz de una vela, mientras colocaban aquel tipo de planchas metálicas sólidas sobre el comal de la chimenea. Así lograron obtener recursos para satisfacer las necesidades más elementales. La única herencia paterna fue la parcela, pero sin disponer de animales de tiro y herramientas. En su condición de mujeres, tuvieron que traspasar las tierras al cuñado que radicaba en la misma comunidad.

Sabían hacer costuras, tejer, zurcir a mano y con máquina, preparar atoles, tamales, guisados, hacer gorditas de cocedor (de las que la gente llevaba de lonche cuando salía de viaje o cuando se conmemoraba el “Día de los fieles difuntos”). Esas habilidades fueron poco rentables dada la condición socioeconómica del contexto.

Decidieron probar fortuna en la ciudad y fueron a radicar allá, buscando apoyo de familiares.

Lamentablemente de una enfermedad incurable su mamá falleció pocos años después. A pesar de que tenía otros cuatro hermanos, sintió que quedó sola en el mundo. Se dice que esa sensación es inevitable ante la orfandad.

Estuvo aplazando casarse, pues la tradición y convicción le indicaba que no debía irse estando su madre enferma. Fue a vivir con Manuel, el mayor de la familia.

Eran tiempos con grandes dificultades para tener comunicación, particularmente en lides amorosas, pero el pretendiente, un joven a quien conocía desde la infancia, encontró la forma de comunicarle que acompañado de sus padres, se presentarían en la vivienda a pedir su mano.

Para fortuna suya la petición fue concedida y gracias a sus cualidades y capacidad de trabajo consiguieron integrar una buena familia, formando a los hijos en la honradez y cultura del esfuerzo.

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