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18 de enero

18 de enero

El hombre y el aborto

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Juan Carlos Ramos León.

La semana pasada, junto con un grupo de señores del que formo parte, tuve la oportunidad de conversar con Mayra Rodríguez, una inmigrante que llegó a ser directora de dos clínicas de Planned Parenthood, el gigante norteamericano del lucrativo negocio del aborto. Hoy se dedica a la promoción de la vida y a disuadir a las chicas que atraviesan por un embarazo no deseado de realizar esta abominable práctica.

 

Mayra nos dijo: “es la primera vez que hablo a un auditorio compuesto solamente por hombres porque generalmente son sólo las mujeres quienes se enfrentan a estas circunstancias y se preocupan por ellas”. Nos contó que le enterneció mucho una chica que fue acompañada por su pareja y que se sentía segura porque él estaba con ella, a lo que Mayra le dijo “él está aquí sólo para asegurarse de que elimines para siempre lo único que te vincula a él para luego abandonarte”.

 

No puedo evitar la indignación de pensar que, quizás, la misma chica embarazada no quería practicarse un aborto y llegó a ser convencida u obligada a proceder así por quien en su momento se sintió poderoso para someterla sexualmente y hoy se siente con el poder de decidir sobre la vida del ser que se gesta en ella. Las leyes deberían de alcanzar a este tipo de entes despreciables, auténticos tratantes de blancas.

 

Los propios grupos de feministas deberían de caer en la cuenta de que están condenando a muerte por estos hechos a quienes son inocentes y están dejando escapar a los verdaderos culpables. Que pague quien debe y no un pobre ‘chivo expiatorio’ de apenas doce semanas de vida.

 

Necesitamos cambiar el enfoque: Mientras en el debate social todos se tragan el cuento de que las acciones que protegen las vidas de los inocentes ejercen una “violencia de género” en contra de las mujeres, está claro que dicha violencia se ejerce en la habitación en la que se concibe a ese inocente; pero ahí todos callamos porque a nadie le conviene, ni a la mujer que quiere vivir su vida sin límites ni restricciones, ni al hombre que se aprovecha siempre de ellas.

 

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