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Delta

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Antonio Sánchez González.

La lucha contra el Covid-19 es una carrera contra el tiempo sin un final visible. En un momento en que México está experimentando una pausa, evidente a pesar de la cuestionadísima metodología de medición que el país ha adoptado, con una caída dramática en el número de infecciones, hospitalizaciones y muertes, y también del miedo, sería un error creer que el país está definitivamente terminando con la pandemia.

La propagación mundial de la variante delta, identificada por primera vez en la India a principios de la primavera, exige una movilización sin concesiones, incluso si su presencia en nuestro suelo siguiera siendo marginal, cosa que no sabemos con certeza.

La primera prioridad es no flaquear en lo que respecta a la vacunación. El ejemplo del Reino Unido habla por sí solo. La variante Delta ahora representa el 95% de las infecciones que se presentan entre los ciudadanos ingleses, cuyo número está creciendo exponencialmente.

Sin embargo, los ingresos hospitalarios y el número de muertes en ese país siguen bajo control.

Esta anormal correlación se explica en gran medida por una alta tasa de vacunación. No debemos hacernos ilusiones: México seguramente tendrá cifras de contaminación similares dentro de unas semanas.

Este retraso debería utilizarse para acelerar la vacunación con el fin de evitar una nueva ola, la tercera o cuarta, eso ya no importa.

En febrero pasado, el subsecretario de Salud encargado del manejo, mediático, de la epidemia en nuestro país garantizaba que en julio de 2021 habría 72 millones de mexicanos vacunados.

Ayer, nuevamente la realidad lo alcanzó y él mismo declaró que solamente 30 millones de nosotros hemos recibido una dosis de alguna de las vacunas autorizadas para su administración en nuestro país, de los cuales apenas dos tercios cuentan con esquema completo.

Esto, obviamente, sigue siendo insuficiente para lograr la inmunidad de rebaño a través de la administración de vacunas. La campaña de vacunación contra Covid-19 ha tenido un comienzo laborioso, por falta de dosis suficientes, y ha avanzado obedeciendo más a criterios políticos y electorales que a los científicos, para ser ahora un mecanismo mejor engrasado que, sin embargo, no permite inmunizarse a todos aquellos que lo deseen.

Las mismas autoridades del país han aceptado que el número de dosis administradas cada día disminuyó después de las elecciones. El objetivo fijado por el mismo personaje de la Secretaría de Salud de vacunar a más del 70% de la población para el mes de septiembre es cada vez más claramente imposible de alcanzar.

Sin embargo, esta ambición que hoy está rotundamente fuera de su alcance podría estar más cerca siempre y cuando se mostrara voluntad.

Este camino pasa, entre otras cosas, por empoderar a los médicos para que se comuniquen con los pacientes que están más alejados del sistema de atención médica y los más vulnerables para alentarlos a vacunarse, y por involucrar a la iniciativa privada que se ha mostrado dispuesta a colaborar con elementos logísticos, organizacionales e incluso en la consecución de vacunas en el mercado mundial.

En segundo lugar, la dilación sobre la obligación de vacunar al personal de los hospitales y a los hospitales se ha prolongado durante demasiado tiempo.

Las tasas de vacunación entre médicos, enfermeras y el resto del personal involucrado en la atención sanitaria siguen siendo anormalmente bajas, lo que pone irresponsablemente en riesgo de infección a las personas que se supone que deben cuidar.

Estos grupos profesionales ya estamos obligados a vacunarnos contra la hepatitis B o el tétanos. ¿Por qué, durante este fenómeno, el Covid-19 sigue siendo una excepción? El Gobierno de la República debería inspirarse en el ejemplo de toda la comunidad mundial.

Finalmente, es inadmisible permitir continuar en esta lenta campaña nacional de vacunación bajo el argumento de una alta disponibilidad de camas vacías en los hospitales y de la muy probable alta prevalencia de población mexicana que ya estuvo en contacto con el virus en estos 16 meses.

Ante la amenaza de la variante Delta, demasiados mexicanos, incluidos los que gobiernan, adoptan y permiten la estrategia del polizón. Consiste en aprovechar la reducción de las medidas sanitarias permitidas por la vacunación, evitando al mismo tiempo vacunarse y disminuyendo la velocidad de la campaña de inmunizaciones.

No se trata sólo de una táctica egoísta, sino condenada al fracaso, ante la mutación permanente del virus.

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