

Jaime Casas Madero
En Zacatecas ya empiezan a sonar nombres rumbo al próximo proceso electoral. Algunos con una trayectoria conocida, otros intentando posicionarse por primera vez.
El proceso electoral está cada vez más cerca, pero las elecciones no empiezan el día de la jornada electoral, comienzan mucho antes, cuando quienes aspiran a un cargo público deciden dar un paso al frente y pedir la confianza de la ciudadanía. Es precisamente en ese momento cuando la congruencia deja de ser un discurso y se convierte en una exigencia.
En Zacatecas ya empiezan a sonar nombres rumbo al próximo proceso electoral. Algunos con una trayectoria conocida, otros intentando posicionarse por primera vez. Sin embargo, más allá de las encuestas, las alianzas o las estrategias políticas, hay un aspecto que debería pesar más que cualquier otro: la coherencia entre lo que un partido dice representar y la conducta de quienes buscan abanderarlo.
Cada partido político tiene principios, documentos básicos y una identidad que presume ante la sociedad. No basta con portar un logotipo o aparecer en una fotografía junto a los dirigentes; quien aspire a representar a un partido debe reflejar, con sus actos, los valores que ese partido dice defender.
En el caso de Morena, cuya narrativa ha estado cimentada en el combate a la corrupción, la austeridad, la honestidad y la cercanía con el pueblo, resulta inevitable que la ciudadanía observe con atención a quienes hoy levantan la mano para buscar una candidatura. Porque no son pocos los casos en los que los discursos parecen ir por un lado y las conductas por otro.
Eso no significa que todos los aspirantes carezcan de esos principios, pero sí obliga a una reflexión. Cuando un partido permite que personas cuya trayectoria genera dudas pretendan representarlo, el mensaje que recibe la sociedad es de inconsistencia y cuando la congruencia se pierde, también se debilita la credibilidad.
El problema no es exclusivo de Morena, ha ocurrido en prácticamente todos los partidos políticos. Sin embargo, quien hizo de la ética pública y de la transformación moral su principal bandera tiene una responsabilidad aún mayor de cuidar quiénes serán los rostros que presentará ante la ciudadanía.
Los zacatecanos merecen candidatos que sean ejemplo antes que promesa. Personas cuya historia hable por ellas y no necesiten reinventarse cada tres años dependiendo del partido que les abra las puertas. La política necesita menos oportunismo y más convicciones.
Los partidos también deben entender que una candidatura no puede ser únicamente el resultado de cálculos electorales. La rentabilidad política nunca debería estar por encima de la integridad de quienes buscan gobernar o legislar. Al final, una mala candidatura termina afectando no sólo al partido, sino a la confianza de la sociedad en las instituciones democráticas.
La ciudadanía es cada vez más crítica y observa con mayor atención las contradicciones, y hoy, ya no basta con un buen discurso o una campaña bien diseñada. La gente investiga, compara, recuerda y exige.
Debo decirlo: la congruencia también se vota y si los partidos realmente quieren recuperar la confianza ciudadana, deben comenzar por postular mujeres y hombres cuya vida pública sea consistente con los principios que dicen defender. Porque los valores no se heredan con una candidatura ni se adquieren al afiliarse a un partido; se construyen todos los días. Y esa será, sin duda, una de las primeras pruebas que tendrán los aspirantes rumbo a la próxima elección en Zacatecas.