

Rafael Sánchez Andrade.
Reflexiones para avanzar hacia un bachillerato más justo, pertinente y humano.
El año 2026 se perfila como una etapa decisiva para profundizar la transformación de la Educación Media Superior en México. Tras años de reformas parciales y esfuerzos institucionales desiguales, el reto ya no consiste en identificar los problemas, sino en asumir decisiones que permitan resolverlos con coherencia, continuidad y sentido social. Fortalecer el bachillerato exige una mirada integral, capaz de articular políticas públicas, prácticas escolares y la experiencia cotidiana de estudiantes y docentes.
Uno de los propósitos prioritarios debe ser garantizar la permanencia y conclusión de las trayectorias educativas. El abandono escolar sigue siendo uno de los mayores desafíos del bachillerato, asociado no solo a condiciones económicas adversas, sino también a la falta de identificación de los jóvenes con la escuela. Más allá del acceso, se requiere fortalecer estrategias integrales que acompañen a los estudiantes desde su ingreso hasta el egreso, atendiendo factores académicos, económicos, emocionales y sociales. Las becas son necesarias, pero no suficientes si no se articulan con tutorías, orientación vocacional y entornos escolares seguros y acogedores.
Otro propósito ineludible es avanzar hacia una educación pertinente y significativa para los estudiantes. El bachillerato no puede reducirse a la acumulación de contenidos ni a la preparación mecánica para las evaluaciones. Requiere planes y programas de estudio que dialoguen con los contextos locales, reconozcan la diversidad cultural y social del país, y ofrezcan aprendizajes que ayuden a comprender el mundo contemporáneo. Integrar saberes científicos, tecnológicos y humanistas no es un lujo académico, sino una condición para formar jóvenes con pensamiento crítico, capacidad de adaptación y compromiso social.
La mejora de la Educación Media Superior tampoco será posible sin revalorar el trabajo docente y fortalecer el liderazgo directivo. Las maestras y los maestros son el eje del proceso educativo; sin embargo, con frecuencia enfrentan sobrecarga administrativa, escasas oportunidades de formación pertinente y condiciones laborales desiguales o limitadas. Mejorar su desarrollo profesional continuo, promover el trabajo colegiado y dignificar su labor es una inversión prioritaria y estratégica. Del mismo modo, las y los directivos requieren acompañamiento sistemático, evaluación formativa y reconocimiento de su papel como líderes pedagógicos, no sólo como gestores administrativos.
También, resulta indispensable fortalecer la gestión y la capacidad institucional del sistema de Educación Media Superior. La diversidad de subsistemas y modalidades demanda mayor coordinación, planeación de mediano plazo y uso inteligente de la información. La supervisión educativa debe recuperar su sentido pedagógico, cercana a las escuelas y orientada a la mejora continua.
Finalmente, ningún propósito será sostenible sin una participación social activa y corresponsable. Escuchar a estudiantes, docentes, familias y comunidades implica abrir espacios reales de diálogo y corresponsabilidad. La mejora del bachillerato se construye colectivamente, con confianza, compromiso y visión compartida.
Los buenos propósitos para 2026 deben convertirse en acciones concretas y evaluables. Reflexionar, participar y asumir responsabilidades comunes es el camino para construir un bachillerato más equitativo, pertinente y humano, capaz de responder a los desafíos del presente y a las aspiraciones de las nuevas generaciones.