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La pequeña figura de un gigante

La pequeña figura de un gigante

Fernando Mario Chávez

   |  3 noviembre, 2019

Foto: cortesía

La escena evangélica de hoy acontece en Jericó, el oasis de las palmeras, a treinta kilómetros de Jerusalén y en terreno desértico. Jesús, de camino a Jerusalén, pasa precisamente por la población de Jericó, acompañado por una multitud grande y apretada que lo seguía y lo aclamaba con júbilo. Un hombre jefe de publicanos, había oído hablar de Jesús, muy famoso por su predicación acerca del Reino de Dios y que avalaba con los milagros que hacía a las gentes.

Éste era el motivo de la fama y admiración reverente que las multitudes manifestaban a Cristo, haciendo con esto, que su fama se fuera extendiendo por Galilea, Samaria y Judea, teniendo como centro convergente y divergente a la ciudad de Jerusalén en el monte Sión.

Ese jefe de publicanos se llamaba Zaqueo y era muy bajito de estatura. Cuando se dio cuenta que Jesús pasaba por Jericó, donde vivía, tuvo el deseo enorme de conocer a Cristo y sin poderlo ver a su pasada por Jericó debido a la abigarrada multitud que acompañaba a Jesús, sin tener respetos humanos y sin avergonzarse al ser reconocido como jefe de publicanos, quienes cobraban los impuesto para los invasores romanos y por ser bajo de estatura, tomó la determinación de subirse a un árbol y poder ver desde allí a Jesucristo el salvador, caminando hacia la ciudad tan famosa de Jerusalén.

La pequeña estatura de un gigante

Zaqueo nunca se imaginó lo que iba a pasar en su vida, cuando Jesús al verlo en el árbol le dirigió las siguientes palabras:

“Zaqueo, bájate pronto, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa”. Y la narrativa evangélica continúa, cuando nos dice, que Zaqueo bajó en seguida y lo recibió muy contento. Este hecho insólito provocó inmediatamente la murmuración de todos, diciendo: “Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador”.

Esto nos hace recordar lo que nos dicen las escrituras, que Cristo no ha venido únicamente por los justos y limpios, sino sobre todo por los pecadores que necesitan la gracia del perdón y la misericordia infinita y gratuita de Dios que ama la obra de su creación. Especialmente los hombres hechos a su imagen y semejanza.

Cuánta fue la reacción de Zaqueo, inundado por la gracia liberadora que Cristo, en recompensa por haber sido hospedado por Zaqueo en su casa, y quien movido por la gracia del Espíritu Santo se comportó de la siguiente manera: Poniéndose en pié, dijo luego a Jesús: “Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes, y si he defraudado a alguien, le restituiré, cuatro veces más”.

Y Jesús le dijo con su infinita sabiduría, generosidad, perdón y amor:

“Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también él es hijo de Abraham y el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que se había perdido”.

Nosotros como cristianos estamos llamados por Cristo para responderle como Zaqueo

Todos los hombres y mujeres tenemos “la casa propia de nuestro ser”: alma y cuerpo, que actualmente con los avances científicos del conocimiento de la realidad, sabemos que nuestra estructura individual y personal, está determinada en un código genético, único e irrepetible en cada uno llamado “adn”. Por esta “casa” de nuestro ser, Jesucristo pasa, como en Jericó y ante Zaqueo. En efecto, cada día de nuestra existencia terrena, recibimos la llamada de Jesús por medio de su Iglesia “sacramento universal de salvación” para hospedarse en nosotros con fe, esperanza y amor que recibimos como regalos de Dios el día de nuestro bautismo y para siempre.

Todos tenemos una historia personal con sus luces y sombras. Somos limitados, débiles e inclinados al mal y al pecado por intriga y tentaciones con las cuales el demonio o maligno, continuamente nos acosa.

Como Zaqueo publicano y pecador, convertido a la verdad, la justicia y el bien propio y ajeno y con la gracia y el poder divinos, estamos llamados todos los días de nuestra existencia en esta tierra, para ser verdaderos y auténticos seguidores de Jesucristo como fruto de nuestro arrepentimiento y conversión.

Esta conversión exige y se debe expresar necesariamente en el compartir con los demás las oportunidades que nos presenta la vida cotidianamente, para que nos capacitemos con la oración y la práctica de las obras de misericordia para ser solidarios, con los bienes del mundo que cada quien pueda tener más o menos, para saciar el hambre humana en todos su niveles: físico, cultural, social y religioso y la señal que hemos resucitado con Cristo al hospedarse en nosotros cada día, será el amor comprometido para con Dios y nuestros semejantes y realizar así, la plenitud de la ley, que es este amor sin fronteras y siempre abierto más allá de nuestro egoísmo y con miras y deseo ferviente, de alcanzar nuestra salvación temporal y eterna.

¡Pidamos al Señor Jesús, que al estar con nosotros hospedándose en la “casa” de nuestro ser personal y comunitario, nos levantemos erguidos como Zaqueo para profesar a Jesús el compromiso para seguirlo, ya no solo en su caminar hacia la Jerusalén, de este mundo, sino hacia la Jerusalén celeste por toda la eternidad!

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