

Zaira Ivonne Villagrana Escareño.
La forma en que Estados Unidos ha intentado encuadrar jurídicamente la situación venezolana ha generado debates legítimos.
Zaira Ivonne Villagrana Escareño
Venezuela suele ser observada desde fuera como un conflicto que exige definiciones inmediatas. Desde dentro, en cambio, se vive como una realidad compleja y prolongada, donde la vida no se organiza alrededor de posturas políticas, sino alrededor de la sobrevivencia cotidiana.
No se puede negar que existen responsabilidades internas. Las decisiones políticas, económicas e institucionales han tenido consecuencias reales en la vida de la población. Desconocerlo sería simplificar una historia que exige autocrítica y revisión constante.
Pero tampoco puede ignorarse el papel de las miradas y acciones externas. En particular, la forma en que Estados Unidos ha intentado encuadrar jurídicamente la situación venezolana ha generado debates legítimos. Para algunos, representa un intento de presión ante la falta de salidas internas; para otros, una intervención que rebasa límites y complejiza aún más el escenario. Ambas lecturas existen, conviven y reflejan la dificultad de abordar un conflicto que no admite soluciones simples.
Entre estas tensiones, lo que suele quedar relegado es el impacto real en la vida diaria. Entre sanciones, discursos, litigios y narrativas, la población venezolana continúa adaptándose a una realidad que no eligió. La política se discute en foros; la gente resuelve el día a día.
Aquí aparece una pregunta central: ¿quién ocupa el centro de la conversación? Porque sin la voz de los propios venezolanos —de quienes se quedaron y de quienes migraron— cualquier intento de salida corre el riesgo de ser incompleto. No basta con hablar sobre Venezuela; es indispensable escuchar a Venezuela.
Desde fuera, muchas veces se espera una definición clara, casi inmediata. Pero los procesos sociales no siempre responden a lógicas binarias. A veces, los pueblos habitan zonas grises, donde la urgencia no es ganar un debate, sino recuperar condiciones mínimas de estabilidad, dignidad y futuro.
Venezuela no es únicamente un caso político ni un expediente jurídico. Es una sociedad viva que, aun en medio del desgaste, sigue funcionando. Personas que trabajan, cuidan, migran, regresan, esperan. Personas que no encajan del todo en los relatos extremos, pero que sostienen el país desde lo cotidiano.
Porque al final, más allá de las posturas, Venezuela sigue siendo gente viviendo. Vidas que transcurren lejos de los titulares, sostenidas en lo cotidiano, en pequeños actos de cuidado y continuidad.
Quizá mirar a Venezuela con mayor honestidad implique bajar el volumen del juicio y afinar la escucha. Reconocer que los procesos largos no se comprenden desde una sola mirada y que el desgaste, cuando es profundo, pide más comprensión que consignas.
Venezuela no es solo un tema de debate ni una definición pendiente. Es un país que sigue ahí, respirando a su propio ritmo, esperando que el diálogo, interno y externo, encuentre una forma más humana de acompañar su camino.