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Una mayor exigencia

Una mayor exigencia

Huberto Meléndez Martínez

   |  10 septiembre, 2019

Una mayor exigencia

Los estudiantes de aquel grupo de secundaria estaban en total silencio, permitiendo que el maestro de Inglés registrara la calificación que había obtenido cada uno de ellos, en un ejercicio importante de traducción, el cual sería tomado en cuenta en el resultado mensual.

De los enunciados colocados en el pizarrón, los alumnos debían escribir en el otro idioma, conforme se había explicado paciente y detalladamente en las sesiones anteriores.

Para calificar pidió colocar el nombre de cada quien, en el margen superior; apilando los cuadernos sobre el escritorio, hizo intercambio de trabajos en forma de cadena. Tomó el primero, dijo el nombre del propietario, pero lo colocó debajo de la pila, de manera que al convocado entregó el segundo, mientras mencionaba el siguiente nombre, entregándole el tercero, y así sucesivamente hasta terminar la distribución.

Pidió revisar palabra por palabra de cómo él iba escribiendo en el pizarrón y colocando las opciones de posible respuesta correcta. Elaboró una tabla con listado de número de aciertos con las respectivas calificaciones.

A ese grupo asistía su hija mayor y alcanzó a escuchar a quien le revisó, que había tenido la totalidad de respuestas correctas. El docente le miró y categórico indicó “póngale cero”.

En ese instante el ambiente se tornó denso, expectante…

Con una habilidad inusual, el profesor había implementado su estilo de trabajo donde sus alumnos asumían una actitud de respeto, de atención a la clase y de cumplimiento, distinto al desempeño en otras asignaturas. Tenía ganado a pulso una figura seria, formal, con una capacidad reconocida por exalumnos y tutores.

Sus clases eran muy productivas en términos de asimilación, porque sólo pedía su esmerada concentración de quince a veinte minutos, el resto del tiempo lo ocupaba para ejemplificar situaciones culturales, divertidas o anecdóticas relacionadas con el idioma y su aplicación en la vida cotidiana.

Por turnos sus pupilos fueron expresando el resultado de la evaluación. Cuando el compañero dijo el correspondiente a la jovencita. Su imperativa voz apagó la del adolescente con la palabra “cero”. Hubo impulsos contenidos para protestar de varios muchachos, pero ninguna palabra se escuchó.

La chica bajó la vista y seguramente en su pensamiento martillaba la pregunta “¿Por qué?”.

La sensación de injusticia quedó en los sentidos. Al término de la clase, por los pasillos y camino a la salida se escuchaban conversaciones de indignación, pues consideraban innecesario el desplante del Teacher, puesto que la estudiante en cuestión era de las mejores notas en todas las materias desde hacía varios años.

Probablemente el profesor pretendió hacer notar que en la escuela, la relación familiar de ninguna forma incidiría en dar preferencia, trato especial o consideración alguna hacia su niña.

Por fortuna su promedio final fue también muy alto, pero en el pensamiento de varios de sus condiscípulos, quedó aquella medida exagerada y superflua, pero confirmada la personalidad por si alguien quisiera desconfiar de la honorabilidad del docente.

*Director de Educación Básica Federalizada

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