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Huberto Meléndez Martínez.

Desconociendo el criterio que aplicó la maestra, informó a dos de sus alumnos que debían acudir al aula a cargo de otra profesora.

Margarito quiso bromear a su compañero, acerca de una invitación previa hecha por la mentora, para que participara como chambelán de Lupita, Reina del Día del Niño, ceremonia que estaría realizándose en menos de un mes.

Como el escolar se negó, recibía expresiones atemorizantes del condiscípulo, diciendo que lo castigarían por desobediencia.

“A lo mejor me regañan, pero ¿a ti por qué te dijeron que fueras junto conmigo?, ¿Qué hiciste?” Declaró, a modo de defensa.

Luego de meditar un poco y al no encontrar motivo respondió; “Yo creo que me van a pedir chabacanos, porque ya viene la temporada de cortarlos. O quieren que les traiga flores para el arreglo del Oratorio, de la huerta de mis papás”.

Al llegar al salón vieron alumnos de otros grupos, al centro un espacio hecho porque recorrieron los pupitres hacia la pared.

Había un tocadiscos con su bocina encima de un mesabanco; al frente había dos jovencitas de secundaria, quienes habían formado dos filas de niñas y niños por estatura, de menor a mayor.

La mirada de desconcierto entre estos dos niños aumentó la incertidumbre, se juntaron las dudas y la docente explicó que, a partir de la fecha, en ese lugar, a la hora del recreo se estarían reuniendo todos los días, para preparar una danza que sería ejecutada en el festival del Día de la Madre.

¿Cómo negarse una segunda vez a participar? Jamás había tenido intervención alguna ante el público en festivales escolares.

Quedó inmóvil por la sorpresa y se dejó conducir por una de las muchachas hacia el final de la fila, por ser de los más altos.

Forcejeando su amigo fue colocado a su lado. La mirada fulminante de la maestra no hizo la menor mella, quizá la presencia del otro, en la misma circunstancia los envalentaba, desacatando las instrucciones, jugaban haciendo caso omiso a los demás.

Supieron que debían utilizar lanzas, así que, a falta de ellas, jugaban picándose las costillas uno al otro, carcajeándose y distraídos totalmente de la práctica.

Las encargadas se concentraron en los demás participantes. Dieron parte a la Dirección de la escuela y no volvieron a aceptarlos en los ensayos.

El niño insistió con ironía queriendo saber en cuál actividad participaría su camarada.

Aquel pensó en hacer lo necesario para honrar a su progenitora, pero bailar era algo difícil de superar.

Con pena y sentimientos de culpa, porque su mamá, muy contenta con la distinción a su hijo, lo vistió de chambelán con un traje incómodo, pero elegante.

Supone que sus profesoras debieron haber sido más convincentes al seleccionarles, explicando las bondades de la actividad.

Quedó con aquel vacío emocional. Intentó llenarlo dedicando veinticinco años a preparar grupos de danza folclórica, ejerciendo la noble profesión de la docencia.

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