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Sigifredo Noriega

   |  10 marzo, 2021

Sigifredo Noriega Barceló.

Jesús aparece indignado en el Evangelio que escuchamos el domingo pasado; se nos hace raro verlo así.

El Evangelio según San Juan habla con frecuencia de los signos que Jesús hacía.

Hoy habla del templo-templo. Recordemos que un signo refiere un hecho real y, al mismo tiempo, es figura de algo que se cumplirá en un futuro próximo.

En esta ocasión la figura se cumplirá en la persona de Jesús, en su muerte y resurrección.

Más allá del hecho y su significado ¿qué enseñanza aplica para los cristianos que vivimos la mitad de la tercera semana de la Cuaresma 2021? a un año del inicio de la pandemia. Los latigazos ¿estarán dirigidos también a nosotros por arrogantes, descreídos e irresponsables? ¿El templo de nuestra persona necesita purificación? ¿Los sacrificios y prácticas cuaresmales aplican en tiempos de desconcierto? ¿Qué tipo de celo nos devora, es decir, nos importa realmente la fe en Jesucristo? ¿Hacemos de los templos y alrededores un tianguis donde lo que menos cuenta es lo que el templo significa?

Cuaresma puede ser la oportunidad para purificar el corazón de sus virus y sanar las heridas abiertas durante la larga “cuaresma” de las crisis padecidas durante todo un año.

Las prácticas cuaresmales valen poco si no logran perforar el santuario secreto del corazón y ayudan a hacer las cosas desde el corazón de la fe; esto es mucho más que hacerlas por costumbre, tradición o necesidad. Cuando lo que realizamos no es ocasión y lugar de encuentro con Dios quiere decir que todavía no hemos entrado en el corazón de las cosas hechas de corazón.

Jesús le dice a la samaritana que ya no habrá necesidad de templos construidos de piedra porque el templo será el propio corazón, pero es preciso que Dios haga de nuestro corazón su templo; sólo así llegaremos a ser adoradores en espíritu y en verdad. Cuando no es así, nos convertimos en simples vendedores de ilusión, simuladores de la verdad, pasajeros distraídos en la vida.

Por eso el enojo y la indignación de Jesús en la escena que hoy contemplamos con estupor. No se trata de violencia fácil, ni de ira barata, mucho menos de una falta grave contra los derechos humanos.

Jesús se vuelve intransigente ante todo lo que pueda dañar al hombre y pervertir la relación con su Padre. El celo del Hijo no soporta que el templo se convierta en un pretexto para hacer negocios a costa de su Padre.

Esperamos que en este tiempo no perdamos la capacidad de indignación ante todo lo que nos descentra de lo que es, significa y a lo que nos compromete el Templo.

Con templos abiertos o cerrados vale poco lo que hacemos si no hay conversión del corazón. Cuando nuestros sacrificios y todos los sufrimientos padecidos durante esta larga crisis sanitaria no nos llevan al encuentro con Dios y con los hermanos, nuestros templos se pueden convertir en espacios vacíos, museos sin vida, cueva de ladrones. Entonces sí ¡cuidado con los latigazos!

Con mi bendición y afecto cuaresmal.

*Obispo de Zacatecas

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