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Salud y sanación

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Hace unos días hice un sondeo entre los fieles que participaban en misa acerca de los familiares que se habían contagiado del virus durante los últimos meses.

La mayor parte de los presentes habían vivido una experiencia dolorosa cercana; unos la enfermedad, otros la pérdida de un ser querido.

Los 16 meses de pandemia que hemos vivido nos ha cambiado la visión de la vida acerca de la salud y la enfermedad, la vida y la muerte, el presente y el futuro, la cercanía de la caridad y la indiferencia.

El Evangelio del domingo pasado pudiera ser releído en esta clave. Aparecen dos personas que vivieron el drama de la enfermedad, la muerte, la sanación y la salvación.

Son dos personas diferentes en su género y quehaceres sociales pero iguales en sus necesidades y aspiraciones. Ambas viven el episodio en soledad y, al mismo tiempo, rodeadas de gente selecta y de espectadores que ven con indiferencia/compromiso su situación vital.

Jairo tiene nombre y un buen trabajo. La mujer aparece de repente, no tiene nombre y su forma de ganarse la vida no importa. Jairo se acerca a Jesús abiertamente; la mujer, sin aspavientos.

Hay contraste en la forma de acercarse a Jesús pero el fondo es el mismo: una situación existencial de necesidad extrema y un poner el caso límite de la vida en las manos de la fe/esperanza para conseguir lo anhelado.

Los dos milagros se realizan teniendo un denominador común: una confesión extrema de fe en Jesús ante una situación desesperada. La mujer está desahuciada y la hija de Jairo, muerta. Es el límite de la necesidad y el sufrimiento.

Cuando ya nada pueden hacer los hombres, Jairo y la mujer enferma acuden a Jesús. La mujer ‘arranca’, en callado silencio, el milagro y Jesús lo hace público: “¿Quién ha tocado mi manto?” Jairo está junto a Jesús cuando recibe la noticia del final de su hija: “No temas, basta que tengas fe”.

Jesús alivia a ambas mujeres y las reintegra dignamente en sus espacios vitales. A una, gracias a su fe; a otra, gracias a la intervención de su padre.

El milagro es señal de que ha llegado el Evangelio del Reino; un horizonte de esperanza queda abierto permanentemente.

La lección para nosotros, sobrevivientes de la pandemia, es muy clara: con Jesús en el camino de nuestra vida es posible la victoria contra todo tipo de virus… Basta una fe grande, capaz de romper barreras y muros.

Jairo y  la mujer tuvieron que salir de sus casas, buscar a Jesús, dejarse encontrar, hablar a gritos y/o en silencio, ponerse en camino, actuar.

El milagro se hace cuando hay fe humilde, encuentro, interacción, decisión, compromiso… En aquel día hubo dos milagros… La mujer y Jairo pueden ser maestros de la búsqueda de salud y sanación para reintegrarnos en nuestros espacios familiares, sociales, eclesiales.

¿Qué nos hace falta en los días que vivimos? ¿Cómo podemos contribuir para disminuir el sufrimiento de los nuevos Jairos y hemorroísas?

Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, ruega por nosotros.

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