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01 de diciembre

01 de diciembre

Para salvar al país, libertad de empresa

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Antonio Sánchez González.

De uno meses para acá, el ser liberal en México es pretendido por algunos como una etiqueta que pone al portador del lado de los buenos.

La mayoría de los pensadores de hoy consideran que el liberalismo, cuyo nombre apareció a finales del siglo XVIII (aunque la cosa lo precedió), es ante todo una “doctrina de los derechos”, una especie de individualismo que afirma que cada uno de nosotros poseería derechos al “estado de naturaleza” que el Estado debería garantizar al Estado social.

En este contexto, para hacer frente a los desafíos sociales, ideológicos, económicos y ecológicos de nuestro tiempo, ¿deberíamos abolir la libertad de empresa? En el día a día del México actual parece que hay quienes así lo quieren ver. Respondiendo afirmativamente a esta pregunta, algunos sugieren que deberíamos establecer tribunales que decidieran su existencia. Esta nueva institución juzgaría los proyectos empresariales para decidir lo que es útil y realista y así otorgarles, o no, el derecho a existir dentro de los límites del tiempo y el espacio.

Además del fondo paternalista de esta propuesta, que infantiliza al emprendedor, al usuario o al consumidor, es vertiginoso imaginar las consecuencias que podría haber tenido en nuestra Historia. ¿Podría un juez haber impedido la creación de la Web por parte de Tim Berners-Lee, rechazando al mismo tiempo sus beneficios y posibles abusos? ¿Un jurado habría dejado que los hermanos Wright despegaran de Kill Devil Beach y despegar el primer vuelo con motor de la historia? ¿Habría ocurrido la Ilustración si un tribunal encargado de preservar los deseos del pueblo bueno y sabio hubiera rechazado la loca idea de Gutenberg de juntar letras talladas en bloques extraíbles con una prensa de vino para imprimir libros, cuando podíamos copiarlos a mano?

Esta propuesta de establecer tribunales destinados a evaluar proyectos empresariales, aboliendo así la libertad de empresa, ilustra las tentaciones autoritarias que atraviesan nuestro debate público. Aquellos disfrazados de consideraciones ideológicas, de clase, políticas, ambientales y vinculados a la preservación de la biodiversidad, de hecho, a menudo se disfrazan distorsionando la lucha que pretenden enarbolar. De hecho, los pensamientos que se oponen al liberalismo han encontrado una manera de revivirse. Por lo tanto, sus objetivos son, sobre todo, ideológicos. De hecho, para ellos sería peor que no tener éxito en enfrentar los desafíos de nuestro tiempo, enfrentarlos a través de la libertad de empresa y la innovación.

La trampa de la crítica sistemática de la modernidad es que nos hace olvidar todo lo que el liberalismo y la economía de mercado nos han traído. Documentado, especialmente por Pinker, la realidad es que el bienestar humano medido considerando la salud, la prosperidad, la seguridad y la paz está en aumento en todo el mundo. Hace 200 años, el 90% de la población mundial permanecía en la pobreza extrema. Hoy en día, es menos del 10%. No podemos permitirnos descarrilar los mecanismos de innovación.

Por otro lado, debemos establecer el motor del progreso en la era de las cuestiones ecológicas. Alentar a los agentes económicos a tener plenamente en cuenta los impactos ecológicos de sus actividades. A través de los mecanismos de precios del carbono, impuestos ecológicos, derechos de los animales, información o educación, es posible una ecología del progreso, combinando economía de mercado, libertad de empresa y teniendo en cuenta las externalidades.

Joseph Schumpeter dijo de los empresarios que eran los revolucionarios de la economía. De hecho, son los empresarios, al frente de las industrias, los que han desafiado los paradigmas del automóvil térmico para abrir la era de lo eléctrico. Dejemos que estos soñadores en todas partes que ya están abordando los problemas ecológicos de nuestro tiempo cuestionando los órdenes establecidos, el status quo, las rentas y oponiéndose a una sociedad de estasis o retroceso.

La China capitalista de hoy lo demuestra, como lo hizo una vez el Chile de Pinochet, que combinó la libertad económica y la dictadura.

El liberalismo es la única ideología compatible con una sociedad abierta y el estado de derecho. Pero, recordemos que, enarbolando la bandera del liberalismo se han dado perversiones, la China capitalista de hoy lo demuestra, como lo hizo una vez el Chile de Pinochet, que se presentó como un régimen liberal, combinando la libertad económica y la dictadura.

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